Badiou reescribe a Platón

El filósofo francés se enfrentó con La República, obra clave del pensamiento ocucidental, y le dio un matiz contemporáneo para subrayar su perdurable potencia filosófica. Anticipos y análisis del libro

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Llevó seis años.

¿Pero por qué? ¿Por qué este trabajo casi maniático a partir de Platón? Es que lo necesitamos prioritariamente a él, hoy en día, por una razón precisa: dio el impulso inicial a la convicción de que gobernarnos en el mundo supone que tengamos abierto algún acceso a lo absoluto. No porque un Dios veraz se cierna sobre nosotros (Descartes), ni porque nosotros mismos seamos figuras historiales del devenir-sujeto de ese Absoluto (tanto Hegel como Heidegger), sino porque lo sensible que nos teje participa, más allá de la corporeidad individual y de la retórica colectiva, de la construcción de las verdades eternas.

Este motivo de la participación, que sabemos constituye un enigma, nos permite ir más allá de las imposiciones de lo que llamé el "materialismo democrático". O sea, la afirmación de que no existen más que individuos y comunidades, con la negociación, entre ellas, de algunos contratos acerca de los cuales todo lo que los "filósofos" de hoy en día pretenden hacernos esperar es que puedan ser equitativitos. Dado que tal "equidad" no le ofrece al filósofo, en realidad, otro interés que el de constatar que se realiza en el mundo y, cada vez más, bajo la forma de una intolerable injusticia, es menester llegar a afirmar que, además de los cuerpos y los lenguajes, hay verdades eternas. Hay que llegar a pensar que cuerpos y lenguajes participan, en el tiempo, en la elaboración combatiente de esa eternidad. Algo que Platón no dejó de intentar hacerles oír a los sordos.

Entonces me dirigí a La República , obra central del Maestro, consagrada, precisamente, al problema de la justicia, para hacer brillar su potencia contemporánea. Partí del texto griego de mi viejo ejemplar de la colección bilingüe Budé (Les Belles Lettres, 1949), restituido por Émile Chambry, sobre el que trabajaba ya con ardor hace 54 años, y que, en consecuencia, se halla recubierto de considerables estratos de anotaciones que vienen de épocas diversas. Me inspiré en La República, en efecto, a lo largo de todas mis aventuras filosóficas.

Siempre me pareció aberrante la división en diez libros de ese texto griego, división que sólo tenía sentido para los gramáticos de Alejandría. Por eso volví a dividirlo, según lo que pienso es su verdadero ritmo, en un prólogo, algunos capítulos y un epílogo. El número de capítulos fue variando durante el trabajo: pasó de nueve a dieciséis, por razones de coherencia interna. Finalmente, "trato" dieciocho segmentos.

Por empezar, no los trato en orden. Para nada. Comienzo (en 2005) por el prólogo, continúo con lo que terminó siendo el capítulo XVI, luego vagabundeo, algunas veces más cerca del final, otras, más cerca del principio, hasta que, hacia el invierno de 2010-2011, sólo me queda por reducir una suerte de centro compuesto por los capítulos VII y VIII, que no son los más fáciles ni los más divertidos. Guardé lo peor para el final.

¿Qué quiere decir "tratar" el texto?

Comienzo por intentar comprenderlo, totalmente, en su lengua. Estoy pertrechado con mis queridos estudios clásicos, que incluyen mis lecturas anteriores de muchos pasajes, con el diccionario Bailly (Hachette, decimosexta edición, 1950), con la gramática de Allard y Feuillâtre (Hachette, edición de 1972) y con tres traducciones en francés fácilmente disponibles: la de Émile Chambry, que ya he mencionado, la de Léon Robin (col. Bibliothèque de la Pléiade, 1950) y la de Robert Baccou, en Garnier-Flammarion (1966). Me encarnizo, no dejo pasar nada, quiero que cada frase (y Platón escribe a veces frases de una longitud y de una complejidad memorables) tenga sentido para mí. Este primer esfuerzo es un enfrentamiento entre el texto y yo. No escribo nada, sólo quiero que el texto me hable sin guardar ningún irónico secreto en sus recovecos.

Luego escribo lo que libera en mí, en forma de pensamientos y de frases, la comprensión adquirida del fragmento de texto griego cuyo dominio estimo haber alcanzado. El resultado, aun cuando no sea nunca un olvido del texto original, ni siquiera de sus detalles, no es casi nunca una "traducción" en el sentido usual del término. Platón está entonces omnipresente, aunque tal vez ni una sola de sus frases se halle restituida con exactitud. [...]

Rara vez di en capitular. Algunas frases griegas, por aquí o por allí, no me inspiraron. Los eruditos las localizarán y alimentarán así el expediente de mi proceso de apostasía. Es en el capítulo VIII donde se encuentra la más grave de esas capitulaciones: todo un pasaje es pura y simplemente reemplazado por una improvisación de mi cosecha.

Poco a poco, mientras avanza ese tratamiento del texto, aparecen procedimientos más generales que serán aplicados y variados en la secuencia del trabajo. Algunos ejemplos. Introducción de un personaje femenino: Adimanto se transforma en Amaranta. Completa libertad de referencias: si una tesis se sostiene mejor con una cita de Freud que con una alusión a Hipócrates, se elegirá a Freud, al que se supondrá conocido por Sócrates, lo cual es lo de menos. Modernización científica: lo que Platón dice, de modo muy acertado, a partir de la teoría de los números irracionales, se revelará también acertado si se habla de topología algebraica. Modernización de las imágenes: la Caverna del famoso mito se parece tanto a un inmenso cine que, sólo con describir ese cine y hacer que los prisioneros de Platón se vuelvan espectadores-prisioneros de lo mediático contemporáneo, obtendremos lo mismo, pero mejorado. Sobrevuelo de la Historia: ¿por qué quedarse en las guerras, revoluciones y tiranías del mundo griego, si son aún más convincentes la guerra de 1914-1918, la Comuna de París o Stalin? Mantenimiento constante de un verdadero diálogo, fuertemente teatralizado: ¿para qué conservar las interminables falsas preguntas de Sócrates, a las que los jóvenes, página tras página, sólo responden "sí", o "por supuesto", o "evidentemente"? Más vale aceptar un largo discurso demostrativo sin interrupción, o bien confi ar una parte del desarrollo a los interlocutores. Más vale también que, a veces, los interlocutores de Sócrates se muestren reticentes. La tesis antipoética de Sócrates es tan increíble que incluso él, uno lo siente bien, desearía que fuera falsa. Que entonces uno de los jóvenes resista, que se declare de cabo a rabo no convencido, y la división íntima que induce la poesía en la filosofía, división cuyo presentimiento tuvo Platón, será restituida.

El lector descubrirá sin dificultades otros procedimientos de este género.

Es evidente que mi propio pensamiento y, de modo más general, el contexto filosófico contemporáneo, se infiltran en el tratamiento del texto de Platón, tanto más, sin duda, cuando no soy consciente de ello. Sin embargo, fue con plena conciencia como introduje, de modo axiomático, por así decir, cambios notorios en la "traducción" de ciertos conceptos fundamentales. Cito dos de esas decisiones cuyo alcance es considerable. Cambié la famosa "Idea del Bien" por "Idea de lo Verdadero", o incluso sencillamente por "Verdad". Cambié, asimismo, "alma" por "Sujeto". Es así como, en mi texto, se hablará de "la incorporación de un Sujeto a una Verdad" en vez de "la ascensión del alma hacia el Bien", y de "las tres instancias del Sujeto" en vez de "la tripartición del alma". Por lo demás, esas famosas tres partes, a menudo llamadas "concupiscencia", "corazón" y "razón", serán retomadas, en tanto instancias, como "Deseo", "Afecto" y "Pensamiento". También me permití traducir "Dios" por "gran Otro", y a veces, incluso, por "Otro" a secas.

Puede suceder que proponga deliberadamente muchas palabras francesas en resonancia con una sola palabra griega. Tal es el caso de la terrible "Politeia" que le da el título tradicional al libro de Platón. La traducción por "República" no tiene ningún sentido hoy en día, si es que alguna vez lo tuvo. En mi texto, empleo al menos cinco palabras, según el contexto, en los diferentes pasajes en que me topo con "politeia": país, Estado, sociedad, ciudad, política. Para calificar la empresa misma de Platón, la "Ciudad ideal" que él propone, utilizo tres expresiones: política verdadera, comunismo y quinta política. Otras veces introduzco de modo explícito una discusión, una vacilación, a propósito de la palabra adecuada. Es así como, en el largo pasaje sobre la tiranía y el hombre tiránico, Sócrates emplea con espontaneidad las palabras que provienen del texto griego (tiranía, tirano), mientras que Amaranta sugiere con obstinación que se hable de fascismo y de fascista. Espero haber logrado combinar, así, la proximidad constante con el texto original y un alejamiento radical, pero al cual el texto, tal como puede funcionar hoy en día, le confiere generosamente su legitimidad.

En eso consiste, después de todo, la eternidad de un texto.

Traducción: María del Carmen Rodríguez.