El término “daño colateral”, aplicado a estructuras edilicias,
individuos o comunidades enteras, se utilizó hasta el hartazgo en los
últimos años para describir las bajas materiales y víctimas “no
intencionales” o “imprevistas” de las operaciones militares y pasó a
formar parte de nuestro lenguaje cotidiano. El sociólogo polaco Zygmunt
Bauman se vale de esta categoría para realizar un complejo y profundo
análisis de la desigualdad en las sociedades contemporáneas. Su visión
es lúcida y pesimista; su interpretación de los hechos precisa y
contundente.
¿Cuál es la trampa mortal que Bauman reconoce en la
lógica del daño colateral? Sus consecuencias fatales, que se presentan
siempre como neutrales y azarosas, en realidad, forman parte de un
calculado engranaje de dominación, cuyas víctimas son la mayoría de las
veces las mismas: los pobres, los marginados, los indefensos. “En el
juego de los riesgos –indica–, los dados están cargados”: “Quienes
decidieron sobre las bondades del riesgo no eran los mismos que
sufrirían las consecuencias”.
El libro Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global
recopila una serie de conferencias pronunciadas por Bauman sobre el
tema durante 2010 y 2011. Los temas que abarca son llamativamente
diversos sin perder el hilo conductor: de la concepción griega del ágora
a los nuevos comportamientos asociados a la web 2.0 y las redes
sociales, pasando, entre otros, por la teología política de Carl
Schmitt, el tratamiento de la pobreza en la ópera Wozzeck
de Alban Berg, y el análisis de documentos clasificados sobre los
ataques nucleares en Hiroshima y Nagasaki. Bauman reconoce en ellos el
estigma de la desigualdad y lo estudia consecuentemente.
Nuestra
época, señala, adolece de una dificultad estructural, la radical
incompatibilidad entre el mundo global que habitamos y las políticas y
leyes de matriz nacional que nos rigen. “Todas las instituciones
políticas que tenemos hoy a nuestra disposición fueron hechas a medida
de la soberanía territorial, de los Estados nacionales: se resisten a
ser estiradas a escala supranacional o planetaria; y las instituciones
políticas que sirvan a la autoconstitución de la comunidad planetaria no
serán –no pueden ser– ‘las mismas, pero más grandes’”. La vieja
fórmula del Estado de Bienestar europeo, o el “Estado social” como
prefiere llamarlo Bauman, ya no satisface efectivamente las necesidades
de sus habitantes. En la actualidad, la tarea de otorgar condiciones
de vida dignas queda librada a cada individuo particular, a su
capacidad de posicionarse satisfactoriamente en el juego impuesto por
las leyes de mercado y de defenderse frente a la siempre presente
posibilidad de perderlo todo; “El miedo que la democracia y su retoño,
el Estado social, prometieron erradicar, ha retornado para vengarse”.
El
mundo se ha vuelto multicultural y, no obstante, el par, el vecino, y
mucho más el extranjero o el desconocido, se han vuelto un enemigo. La
promoción de la libre circulación de capital choca violentamente con
las fuertes restricciones a la circulación de personas en busca de
trabajo; en ese enfrentamiento encuentran su fundamento las recientes
políticas globales de seguridad, fallido intento de creación de un
nuevo orden. Bauman las analiza a partir de dos perspectivas puntuales:
por un lado, la de los pasajeros de avión, que diariamente asienten
que oficiales de migraciones desarmen sus equipajes y escudriñen sus
pertenencias personales, que perros los olfateen, que se someten a todo
tipo de situaciones que en otras circunstancias les parecerían
denigrantes y que, sin embargo, lo hacen sin protestar, “agradeciendo a
las autoridades” por ocuparse de su seguridad. Por el otro, la de la
apatía más o menos generalizada con la que se recibió la información de
la existencia de una enorme cantidad de prisioneros que sin un juicio
justo cumplen indefinidas condenas en prisiones irregulares como las de
Guantánamo y Abu Ghraib.
En ambos casos, se trata de
situaciones inéditas de vejación personal (pequeñas en un caso,
realmente horrorosas en el otro) que saltan a la vista rápidamente al
momento de reflexionar sobre el problema de la seguridad en el mundo
post 11-S. Lo que estos dos ejemplos, que son más o menos excepcionales
si consideramos a la totalidad de la población del mundo, no llegan a
mostrar, y este es tal vez el punto más relevante de las tesis de
Bauman, es el modo en que la desigualdad y la inseguridad vital se
extienden ininterrumpidamente en todo el globo. Según esta lectura, la
publicidad de una multiplicidad de amenazas, “ya se originen en
pandemias y dietas o estilos de vida insalubres, o bien en actividades
delictivas y comportamientos antisociales de la ‘clase marginal’ o, en
los últimos años, del terrorismo global”, es el mecanismo reactivo que
opera en una sociedad cuyo principal drama es la imposibilidad de
resolver la inseguridad y las vulnerabilidades económicas que le son
estructurales y contra las que los Estados hacen en general muy poco.
A
este estado de cosas se le suma el problema de la “multiculturalidad”,
una etiqueta amable que oculta una realidad poco amistosa. Sobre ella
escribió en Comunidad: “Aparentemente el
multiculturalismo está guiado por el postulado de la tolerancia liberal
y por la atención al derecho de las comunidades a la autoafirmación y
al reconocimiento público de sus identidades elegidas (o heredadas).
Sin embargo, actúa como una fuerza esencialmente conservadora: su
efecto es una refundición de desigualdades”.Y luego agregó: “Lo que se
ha perdido de vista a lo largo del proceso es que la demanda de
reconocimiento es impotente a no ser que la sostenga la praxis de la
redistribución, y que la afirmación comunal de la distintividad
cultural aporta poco consuelo a aquellos cuyas elecciones toman otros,
por cortesía de la división crecientemente desigual de recursos”.
Guetos voluntarios
La
configuración material de las ciudades no es ajena a este fenómeno.
Históricamente, los centros urbanos fueron espacios de convivencia de lo
heterogéneo, incluso resistentes a los esfuerzos unificadores
coercitivos característicos de los Estados nacionales, en los que
personas provenientes de lugares con diferentes costumbres crecían en
contacto con otras pautas culturales. La globalización, en este sentido,
no es un fenómeno reciente; basta considerar la situación de nuestro
país a comienzos del siglo XX, un extraordinario laboratorio de
hibridaciones desarrollándose a la vista del mundo. En las últimas
décadas, sin embargo, las ciudades, que todavía son polos de atracción
en las que se reúnen personas de múltiples proveniencias, han ido
modificando progresivamente su fisonomía, de modo que ese contacto con
lo extraño se parece hoy más a una gran excursión turística que a una
experiencia vital relevante. Bauman ve las profundas dificultades e
incertidumbres sobre las que se sostiene en la actualidad esta
situación; sintéticamente, enuncia el problema de la siguiente manera:
“Si bien en su origen fueron construidas para brindar seguridad a todos
sus habitantes, hoy las ciudades se asocian más al peligro que a la
seguridad”.
Las transformaciones urbanas ocurridas en los
últimos años, así como los nuevos comportamientos que las acompañan,
fueron copiosamente estudiados por investigadores locales y
extranjeros, notoriamente en el caso argentino en los libros Los que ganaron. La vida en los countries y La brecha urbana. Countries y Barrios privados en Argentina de Maristella Svampa, Buenos Aires a la deriva, editado por Max Welch Guerra y Miradas sobre Buenos Aires,
de Adrián Gorelik. Casos como el de los barrios cerrados han ocupado
importantes segmentos de los medios masivos de comunicación, desde las
secciones de espectáculo hasta las policiales, constituyéndose
paradójicamente en un objeto un tanto agotado desde el plano discursivo
pero completamente vigente en sus consecuencias negativas para la vida
urbana.
Bauman encuentra un recurso interesante para seguir
iluminando el problema de estos “guetos voluntarios” en la comparación
de los comportamientos reales con los virtuales. Estamos, como todos
sabemos y experimentamos diariamente, en los tiempos del imperio de las
redes sociales: gran parte de nuestros intercambios con el resto de las
personas se realiza a través de las plataformas virtuales; incluso el
correo electrónico, el medio que más se asemeja a los utilizados en la
comunicación tradicional por su similitud con el formato epistolar,
está perdiendo el rol central que cumplía hace algunos años. Sin caer
en la crítica simplista de esta realidad, Bauman realiza un comentario
perspicaz: “Vivimos en la época de los teléfonos celulares (por no
mencionar MySpace, Facebook y Twitter): los amigos pueden intercambiarse
mensajes en lugar de visitas; toda la gente que conocemos está
constantemente ‘en línea’ y en condiciones de informarnos por adelantado
sobre sus intenciones de darse una vuelta por casa, de modo que un
súbito golpe en la puerta o un timbrazo que suena sin previo aviso son
eventos extraordinarios, es decir, potenciales peligros”.
Obtenemos
así un monstruo de dos cabezas que combina el confinamiento a nivel
territorial y urbano con la expansión de la exposición de la privacidad
en el ámbito virtual. Esta referencia de extrema actualidad permite
repensar el problema de la seguridad, incorporando nuevos matices. La
conclusión, sin embargo, es la misma: el miedo, la razón primera por la
que optamos por “comunidades cerradas”, sigue ahí; construimos barrios
privados, enrejamos nuestras casas, nos encerramos en mundos virtuales,
y, no obstante, el miedo no se disipa. La necesidad de seguridad, dice
Bauman, puede volverse adictiva: “Las medidas de seguridad nunca son
suficientes, Una vez que se da inicio al trazado y la fortificación de
las fronteras, ya no hay manera de detenerse. El principal beneficiario
es el miedo: prospera hasta la exuberancia alimentándose de nuestro
empeño en demarcar fronteras para defenderlas con armas”.
Cambiar las reglas
Las
recientes crisis financieras en Europa y los Estados Unidos han vuelto
a colocar en primer plano el problema de la exclusión social: nuevos
estratos sociales se están incorporando permanentemente al conjunto de
los desplazados, dándole visibilidad a un problema que ciertamente ya
afectaba a grandes sectores de la población. La pobreza, la inseguridad y
la marginalidad, parecen ser una vez más un problema de todos en los
países centrales.
En “La salida de la crisis”, una de las 44 cartas desde el mundo líquido
que Bauman publicó quincenalmente entre 2008 y 2009 en la revista La
Repubblica delle Donne, aparece la cuestión de las consecuencias
socio-culturales del derrumbe económico: “No sólo han sufrido un duro
embate el sistema bancario y los índices del mercado de valores, sino
que nuestra confianza en las estrategias vitales, los modos de conducta,
y hasta los estándares de éxito y el ideal de felicidad que, según se
nos repetía constantemente en los últimos años, valía la pena
perseguir, se han trastocado como si, de pronto, hubieran perdido una
parte considerable de autoridad y atracción. Nuestros ídolos, las
versiones modernas líquidas de las bestias sagradas bíblicas, se han
ido a pique junto con la confianza en nuestra economía”.
Se
plantea así entonces por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de
un nuevo inicio, de una revisión completa del sistema
económico-cultural sobre el que se sostienen los países europeos. “Al
contrario de lo que se afirma con respecto a las ‘medidas de
emergencia’ prodigadas por los gobiernos a los administradores
bancarios (pensando, principalmente, en los telespectadores) –continúa
Bauman–, no hay remedios instantáneos para las dolencias prolongadas, y
posiblemente crónicas”.
Si el problema de fondo que permitió
que se llegase a situaciones terminales de desigualdad social, los
“daños colaterales” que millones de personas viven diariamente, se
encuentra en la constitución misma del sistema, quizá sea entonces éste
el momento indicado para reformular algunas de sus reglas de juego.