Reseña del libro "La muerte de Sócrates. Héroe, villano, charlatán, santo" de Emily Wilson
Cargado de erudición y perspectiva feminista

El Viejo Topo


Editado por Montesinos-Biblioteca Buridán

Barcelona, 2008, 202 páginas.

Traducción de Josep Sarret Grau.

 Varios estudiosos de finales del siglo XX han sostenido que el relato que hace Platón de la muerte de Sócrates no es fiel, es demasiado bueno y bello para ser verdad. La ingestión de cicuta produce babas, hace que sudes profundamente, provoca dolor de estómago y de cabeza, vómitos, aceleración del ritmo cardíaco, convulsiones, sequedad bucal y estremecimientos. El cuadro no se asemeja en absoluto a la descripción de la muerte que hace Platón en el Fedón. La visión platónica, tan alejada de los verdaderos síntomas, tan puesta en escena, sugiere que su versión es netamente ficcional si bien basada en un hecho real. Ergo…

No hay, no debería haber consecuencias precipitadas. Enid Bloch ha puesto en entredicho esa visión más realista, menos ficcional, muy antiplatónica. Bloch -acaso el nombre no sea casual en este caso- ha probado que Platón nos ofrece una descripción fiel de los probables síntomas médicos de Sócrates durante los últimos instantes de su vida: la cicuta venenosa, una de las tres variantes de la cicuta, no afecta al sistema nervioso central, sino sólo al sistema periférico, de ahí que los que la ingieren se vean afectados exactamente en la forma descrita por Platón: su cuerpo se agarrota poco a poco hasta que mueren indoloramente una vez que la parálisis afecta al sistema respiratorio o al corazón.

Esta es una disquisiciones, de las magníficas e informadas disquisiciones, que nos ofrece la autora de La muerte de Sócrates. Emily Wilson, filósofa por el Balliol College de Oxford y doctora en Literatura Inglesa del Renacimiento por el Corpus Christi College de Oxford y doctora igualmente en Literatura Clásica y Comparativa por la Universidad de Yale, responde con La muerte de Sócrates a una pregunta que de formas diversas vuelve a aparecer, una y otra vez, en los estudios culturales y en las historias de la filosofía no estrictamente académicas (aunque también en ellas, por lo demás): ¿por qué hemos de seguir ocupándonos de un hombre, de un filósofo, el padre de la filosofía occidental según la mayoría, que durante su vida hizo poca cosa más que hablar y hablar y que se suicidó -dice Wilson, más bien lo suicidaron- bebiendo cicuta en una cárcel ateniense en –399, hace más de 2.400 años?

La muerte de Sócrates, no es ninguna exageración narrativa, ha ejercido un impacto en la cultura occidental comparable al de la muerte de Jesús. Ese es precisamente el propósito central del ensayo: explicar por qué esa muerte ha sido tan importante, durante tanto tiempo y para tantas personas.

La autora responde a la pregunta con gran erudición, con exquisitez y elegancia poco comunes y, desde una perspectiva, la que se quiere resaltar en esta nota, que es acaso razonable denominar mirada feminista sobre la historia de la filosofía. Las palabras finales que cierran el relato, cuando Wilson describe la aproximación a Sócrates de Dürrenmatt, son claro y neto indicio de ello: “(…) Jantipa nos cuenta que la muerte de su esposo por medio de la cicuta fue simplemente “la consecuencia natural de ser tan buen bebedor”. ‘Sócrates murió como Sócrates’, declara. Jantipa, que tantas veces ha sido excluida de la historia de la muerte de su esposo, es la que tiene finalmente la última palabra” (p. 181). La autora se la otorga.

Como ella misma señala, Wilson hace arqueología de las ideas: muestra de dónde viene nuestra moderna visión de Sócrates como mártir de la libertad y hasta qué punto difiere nuestra visión de otras historias que se han contado sobre él, su vida y su muerte, a lo largo de la historia. ¿Desde qué punto de vista construye su relato? Desde la convicción declarada de que “la presencia de una multiplicidad de voces, incluidas las que disienten, incluidas las voces de los muertos, no pueden sino reforzar intelectualmente nuestra comunidad. Si los tábanos han de ser beneficiosos, tenemos que ser capaces de sentir de verdad el dolor de su picadura“ (p. 14). Apunta también, desde luego, que a veces –vale la pena insistir: a veces- Nietzsche tenía razón cuando echaba las culpas al decadente Sócrates de la posterior decadencia de la civilización occidental. Aún más, todavía vivimos a la sombra de lo que Nietzsche llamaba el ‘racionalismo ingenuo’ socrático.

En cuanto al tema central, la muerte de Sócrates, la posición de la autora es diáfana: “me siento desgarrada entre una enorme admiración y una sensación igualmente abrumadora de rabia” (p. 14) (La sombra de Nietzsche, nuevamente, es alargada: también él tuvo una relación de amor-odio son Sócrates motivada por los sentimientos encontrados que tuvo respecto al valor de la razón humana a lo largo de su vida). Veneración de Wilson por un hombre que fue capaz de decir la verdad al poder, que creyó en una vida dedicada a la búsqueda de esa verdad, pero, al mismo tiempo, también documentadas reservas frente a un hombre que siempre parece estar más allá de sus propias investigaciones, que nunca pone realmente sus propias creencias en entredicho. Por lo demás, Wilson señala, y remarca, que encuentra la vida familiar de Sócrates o la falta de ella particularmente difícil de admirar. “Cuando Sócrates optó por arriesgarse la vida con la práctica de la filosofía, y cuando aceptó acatar la sentencia de muerte, estaba condenando a su mujer y a sus hijos a una vida de pobreza y humillación social. Desde esta perspectiva, su disposición a morir empieza a parecer, no un acto de valentía, sino una irresponsabilidad” (p. 15). Aún más, apunta, Sócrates murió por la verdad pero también por obediencia a su propia deidad religiosa personal. Murió también, pues, por fe, incluso por superstición. E. Wilson desconfía de un autor que creía en un espíritu invisible, su daimonion, que le susurraba palabras al oído y que le permite morir “con esa tranquilidad, con esa ausencia de dolor y, por encima de todo, con esa locuacidad” (p. 15).

Eso sí, en mi opinión, suele ocurrir en la perspectiva filosófica analítica, Wilson trata a veces a Sócrates como un coetáneo, como un coleguilla de su Universidad. Se pregunta por ejemplo si el maestro de Platón fue realmente un buen maestro. Su respuesta: depende cómo consideremos la educación humanística: si se trata de inducir a los estudiantes exclusivamente a examinar sus propias vidas o tenemos obligación de enseñar también cosas concretas como hechos o habilidades. La posición socrática de que él nunca enseñaba nada porque nada sabía que tuviera valor realmente o porque el verdadero conocimiento siempre surge de nuestro interior nos deja algo insatisfechos: “…si un estudiante solicita una información objetiva, no sirve para nada decirle: “¿Y tú qué piensas?”. Me temo que una floja versión del método socrático se ha convertido en algo habitual en muchas aulas universitarias” (p. 16).

La descripción del contenido de esta ensayo nos es ofrecido en las páginas 22-24 de su introducción. He aquí un resumen de la descripción de la autora:

En el primer capítulo se describen las enseñanzas filosóficas de Sócrates. Muestra la autora por qué sus ideas parecían tan peligrosas a sus contemporáneas, al mismo tiempo que sugiere “que los atenienses pueden haber tenido buenas razones para lacar con la vida de este pensador extraño y radical” (p. 22).

En el segundo capítulo, nos adentramos en el contexto social del juicio. Tal elemental como lo siguiente: “Para poder entender bien la muerte de Sócrates, hemos de conocer la historia de su tiempo, a sus amigos, su familia, sus enemigos y sus amantes” (p. 22). Sócrates, recuerda la autora, no sólo fue condenado a muerte por sus ideas sino por las personas con las que se relacionó.

Las fuentes son el tema del tercer capítulo. No tenemos forma de acceder directamente a los hechos. Sabemos lo que sucedió a través de la mirada de sus discípulos, de Platón y Jenofonte principalmente. Es con ellos con los que se inicia la leyenda socrática.

Los cuatro capítulos siguientes dan cuenta de la recepción posterior que tuvo la muerte y cómo ese hecho cultural ha sido relacionado con otros muchos problemas diferentes en diversos momentos de nuestra historia. El siglo XVIII, por ejemplo, es un momento culminante en la historia tal como es narrada en el libro. Fue ése un período de un interés particularmente intenso en la muerte de Sócrates. “La muerte de Sócrates se convirtió en una imagen representativa de la vida de la mente compartida, y proporcionó un locus para los debates acerca del poder y las limitaciones de la razón” (p. 23).

Después de la Ilustración, es el último capítulo del ensayo, se produjo una mutación radical en la percepción de la muerte de Sócrates: de representar los placeres de la amistad intelectual paso a representar la soledad del intelectual que se opone al conformismo social. Durante el siglo XX, sostiene la autora sin excesivos matices y en tesis muy discutible, “el enfrentamiento de Sócrates con sus jueces fue visto a través de las lentes del totalitarismo moderno” (p. 24). Otras lecturas son posibles, otras lecturas han sido realizadas. Seguramente la autora haya tenido en su juicio una excesiva consideración de la influencia y legado del ensayo de I. F. Stone, El juicio de Sócrates, un libro de 1988 que inspiró, cuatro años más tarde, una obra para televisión del mismo título del dramaturgo Peter Barnes.

La inclusión de reproducciones no es accesoria en el volumen y los comentarios de la autora sobre ellas, parte sustantiva del relato, no mero adorno, no son sólo prueba de su erudición y conocimientos sino de su destacada sensibilidad artística.

Señala la autora que como maestra, académica, aspirante a intelectual y a vivir una vida plena, está interesada en saber si puede tomar a Sócrates como referente, como modelo. ¿Debemos anteponer la búsqueda de la verdad a todo lo demás: la familia, el bienestar material, las finalidades de nuestra comunidad, por ejemplo? La pregunta sigue teniendo vigencia para todos y las respuestas no tienen por qué elegir entre los términos extremos de una disyunción sin duda conciliable. Conciliable incluso, si no ando errado, desde una perspectiva feminista.