19 de Diciembre, 2009, 6:37: feyerabendGeneral
El Concepto de Filosofía y la Noción de Problema en Wittgenstein
Dr. Adolfo Vásquez Rocca1 - PUCV - Universidad Andrés Bello
Wittgenstein: La Funcion Terapeútica de la Filosofía

Abstract
Dada la concepción wittgensteiniana de la filosofía como crítica del lenguaje, esto es, como una actividad elucidante que procede por medio del esclarecimiento de las proposiciones, abordaré la función terapéutica de la filosofía y los aspectos gnoseológico-patológicos implícitos.
Origen y naturaleza de los “Problemas” Filosóficos.

Para Wittgenstein las cuestiones filosóficas comienzan con la perplejidad2. Las cuestiones filosóficas son atormentadoras; son “molestias” o “aflicciones intelectuales” comparables a algún tipo de enfermedad mental. Los filósofos son llevados a formular tales preguntas por tener “una vaga intranquilidad mental” parecida a la de los niños que preguntan “¿por qué?”3. De aquí que “un problema filosófico tiene la forma: ‘No sé por dónde voy’”4. En otro lugar compara un problema filosófico con un “calambre mental” que hay que curar o un nudo en nuestro pensamiento que debe ser desatado.

El resultado de la filosofía no son “proposiciones filosóficas”, sino la clarificación de las proposiciones, la elucidación. La filosofía es una actividad elucidante, mediante la cual las proposiciones llegan a ser claras5. Y “la claridad a la que –la filosofía- aspira es en verdad completa. Pero esto sólo quiere decir que los problemas filosóficos deben desaparecer completamente”6. Todas las cuestiones que se pueden plantear, también se pueden responder7. Una cuestión que no se pueda responder, en rigor no puede ni siquiera ser planteada y si se formula es una “pregunta ilegítima”, esconde una confusión lingüística, confusión que debe ser aclarada. “la característica de una pregunta metafísica- leemos en Cuaderno Azul – es que expresamos una falta de claridad respecto a la gramática de las palabras bajo la forma de una pregunta científica”8. Los “problemas” filosóficos tienen su origen en las confusiones lingüísticas que se producen cuando el lenguaje es desviado de su uso común (cuando “marcha en el vacío”)9 y deviene metafísico, adquiriendo un engañoso carácter de profundidad (“pareciera que hay algo oculto”)10.

Un “problema” filosófico es síntoma de una confusión verbal, la cual, al aclararse, no resolverá el problema, sino que lo hará desaparecer. Los “problemas” filosóficos son pseudos- problemas, malentendidos lingüísticos, por lo tanto no deben ser resueltos sino disueltos. Así, con Wittgenstein, entra en crisis la noción misma de problema. Sobre la palabra “problema”, tal como se usa en filosofía, Wittgenstein escribe: “Uno puede decir que está mal aplicada cuando se usa para nuestras dificultades filosóficas”.

Las cuestiones de filosofía no son problemas a los que se ha de responder, sino perplejidades 11que deben ser eliminadas.12

Para Wittgenstein, según se ha sostenido, las cuestiones filosóficas comienzan con la perplejidad. Con la perplejidad, por ejemplo, ante la palabra “tiempo”, ante su gramática13, ante lo que podría llamarse contradicciones aparentes en esta gramática14. Dicha perplejidad se expresa a través de preguntas desorientadoras. Preguntas que son “una manifestación de falta de claridad, de desagrado mental”15 y que Wittgenstein, siguiendo a Hertz, compara a la pregunta “¿por qué?” “Tal como suelen hacerla los niños”. También esta es una expresión de desagrado mental y no demanda necesariamente ni una causa ni una razón”16

La perplejidad ante la gramática de la palabra “tiempo” lleva a San Agustín a formular una pregunta desorientadora: “¿Cómo es posible que se pueda medir el tiempo? Pues el pasado no puede ser medido, por estar pasado; y el, futuro no puede medirse por que no ha llegado todavía. Y el presente no puede medirse por que no tiene extensión”17.

“La contradicción que parece surgir aquí – señala Wittgenstein – podría llamarse un conflicto entre dos usos diferentes de una palabra, que en este caso es la palabra “medida”. San Agustín, podríamos decir, piensa en los procesos de medición de una “longitud”: por ejemplo, la distancia entre dos señales sobre una banda móvil que pasa ante nosotros y de la cual solamente podemos ver un minúsculo trozo (el presente) frente a nosotros. La solución de esta perplejidad consistirá en comparar lo que queremos decir con “medición” (la gramática de la palabra “medición”) cuando la aplicamos a una distancia sobre una banda móvil con la gramática de esta palabra cuando la aplicamos al tiempo. El problema puede parecer simple – continúa Wittgenstein- pero su extremada dificultad se debe a la fascinación que la analogía entre dos estructuras similares de nuestro lenguaje puede ejercer sobre nosotros”18. De este modo podemos decir con Wittgenstein que “la filosofía, tal como nosotros utilizamos la palabra, es una lucha contra la fascinación que ejercen sobre nosotros las formas de expresión”19

La filosofía desata los nudos de nuestro pensamiento, los nudos que nosotros estúpidamente hemos hecho en él; pero para desatarlos debe hacer movimientos tan complicados como esos nudos. Aunque el resultado de la filosofía es simple, su método, si quiere llegar a ese resultado, no puede serlo. La complejidad de la filosofía no reside en su tema, si no en lo enredado de nuestra comprensión.20 “La filosofía desata nudos en nuestro pensar; de ahí que su resultado deba ser simple, pero el filosofar es tan complicado como los nudos que desata.”21 Así pues, “…no sólo se produce confusión y disgusto mental cuando no se satisface nuestra curiosidad sobre determinados hechos…sino también cuando nos desagrada una notación –quizá a causa de que evoca diversas asociaciones…De este modo, nosotros a veces deseamos una notación que acentúe con más fuerza una diferencia, la haga más evidente de lo que la hace el lenguaje ordinario…” Las confusiones y los disgustos mentales sólo pueden ser eliminados (los nudos de nuestro pensamiento sólo pueden ser desatados) a través de una notación que acentúe la diferencia entre estructuras similares de nuestro lenguaje.

De este modo se comprende el famoso aforismo en que Wittgenstein resume su pensamiento: “La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje”22. Su objetivo es “mostrar a la mosca la salida de la botella”23. Una persona presa en una perplejidad filosófica se compara a un hombre en una habitación que quiere salir y no sabe cómo24, o a una mosca encerrada en una botella.

Ahora bien, la descripción metafórica de los problemas filosóficos en términos psicológicos como “calambre mental”, “tormento mental”, etc., no es accidental. Por una parte, es una expresión de su preocupación personal por tales problemas. Por otra parte, es una caracterización acertada de sus propios métodos y objetivos en filosofía. “El tratamiento filosófico de una cuestión es como el tratamiento de una enfermedad”25. De éste modo, Investigaciones Filosóficas debe ser entendido como “un libro de historiales clínicos de tratamientos filosóficos”26.

Aquí cabe aclarar que si bien Wittgenstein comparó su filosofía con el psicoanálisis, explícitamente combatió la sugerencia de que era una forma de psicoanálisis. “Son diferentes técnicas” dijo. También dijo: “En filosofía no podemos eliminar una enfermedad de pensamiento. Debe seguir su curso natural, y la cura lenta es de máxima importancia”27. Los problemas filosóficos no son, por supuesto, problemas psicológicos. Si hablamos de “tratamiento” nos referimos a “tratamiento filosófico”. Y al igual que no existe una terapia apropiada para todas las enfermedades mentales, “no existe un método filosófico, sino varios métodos, al igual que existen diferentes terapias”28. Que terapia usar dependerá de la enfermedad y de la persona que la sufra. No hay un método universalmente válido. Sin embargo, como en psicoterapia, el primer paso consiste en “buscar la fuente de extrañamiento filosófico”, “investigar el origen del enredo”29, buscar la razón de la perplejidad. Como toda terapia, la terapia filosófica de Wittgenstein tiene por fin eliminar una enfermedad, ayudar a aquellos que están obsesionados por los problemas filosóficos a que alcancen completa claridad, de forma que ya no estén atormentados por aquellos problemas. “El auténtico descubrimiento es aquel que me hace capaz de dejar de filosofar cuando quiero, aquel que da paz a la filosofía, de manera que ya no nos vemos atormentados por cuestiones que ponen de nuevo en entredicho a la filosofía misma”30. En cierto modo, se encuentra exactamente igual que cuando empezó, ya que la filosofía “deja todo tal como está”31. La filosofía, sin embargo, no es nunca trivial o insignificante, al igual que el tratamiento psicoanalítico no debe juzgarse trivial por el hecho de que simplemente reestablece la salud mental

De este modo se modifica no sólo la naturaleza de la filosofía, sino también la naturaleza de la profesión filosófica. El profesor de filosofía se convertirá en psiquiatra ‘sui generis’. El alumno será un ‘paciente’. Agobiado a veces por un extraño sentimiento de pecado intelectual, el alumno llamará a la puerta de su profesor. Sin embargo, no preguntará: ‘¿Cree usted que la estética de Plotino es un buen tema para una disertación doctoral?’ Esto no es una perplejidad intelectual; es una cuestión práctica. Sus preguntas – continúa Ferrater Mora – serán más bien del siguiente tipo: ‘¿Cree usted realmente que el Ser y el Valor son intercambiables?’ Aunque…el mejor modo de iniciar un diálogo con un positivista terapéutico es presentarle de golpe el ‘conjunto’ de sus preocupaciones. Sería mejor, en efecto, que el ‘paciente’ dijera, por ejemplo: ‘Soy hegeliano; creo firmemente que el Ser en sí no llegará nunca a convertirse en Ser en y para sí a menos que pase algún tiempo como Ser fuera de sí.” Así como es posible presentar de golpe las perplejidades filosóficas (las confusiones sentidas como problemas), su disolución también debe acontecer de un solo golpe. Wittgenstein sostuvo que cuando se hayan solucionado los problemas centrales, el desvanecimiento de las demás dificultades filosóficas se realizaría en principio de un solo golpe, de modo que sólo restaría hacer una suerte de operación de limpieza32. La resolución de los problemas filosóficos es, pues, su disolución; disolución que tiene lugar desatando los nudos de los embrollos del lenguaje que conllevan los usos metafísicos del mismo o, como antes se dijo, “retrayendo las palabras de su uso metafísico a su uso cotidiano”33.

La función de la Filosofía es, pues, reconducir las palabras a su uso cotidiano, eliminar la pretensión filosófica de captar esencia alguna, hacer trabajar al lenguaje con sus reglas de uso, rescatándole de sus “perturbadoras vacaciones”

CONCLUSIONES

¿Cuáles son las constantes en la concepción wittgensteiniana de la filosofía?

1.- En primer lugar, la filosofía no es un cuerpo de doctrina, una teoría, sino una actividad elucidante. “Una obra filosófica consiste esencialmente en elucidaciones”34. El resultado de la filosofía no son proposiciones filosóficas, sino la clarificación de las proposiciones.

2.- En segundo lugar, la filosofía aspira a una claridad completa, lo que significa que los problemas filosóficos deben desaparecer completamente35. No se trata de responder a las preguntas o de solucionar los problemas, sino de disolver éstos y de mostrar la vanidad de aquellas. “No es sorprendente que los más profundos problemas no sean propiamente problemas”36. Los problemas filosóficos son pseudos-problemas, malentendidos lingüísticos, por lo tanto no deben ser resueltos, sino disueltos, lo que se consigue “examinando el funcionamiento de nuestro lenguaje”37. Wittgenstein distingue dos estrategias fundamentales: La de la solución del problema filosófico como ‘disolución’ y la solución del mismo como ‘repatriación’38. La primera corresponde al Tractatus y la segunda a las Investigaciones Filosóficas.


Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca.

1 Doctor en Filosofía Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Postgrado Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Universidad Andrés Bello.
2 Cf: L WITTGENSTEIN, Cuaderno Azul, pp. 54 y 55.
3 G. E. MOORE, “Wittgenstein’s Lectures 1930 – 33”, en su Philosophical Papers, Londres, 1959, p. 323.
4 L. WITTGENSTEIN., Investigaciones Filosóficas, 123.
5 L. Wittgenstein, Tractatus Lögico- Philosiphicus, 4.112
6 L. Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, 133.
7 “Para una respuesta que no se puede expresar, la pregunta tampoco puede expresarse. No hay enigma. Si se puede plantear una cuestión, también se puede responder”. (L: Wittgenstein, Tractatus Lógico-Philosophicus, 6.5).
No hay pregunta sin respuesta (no hay enigma). Si se puede plantear una cuestión, también se puede responder; si una respuesta no se puede expresar, la pregunta tampoco puede expresarse. Como señal Frege, “con toda oración asertiva se puede formular una pregunta por una oración… la oración interrogativa y la oración asertiva contienen el mismo pensamiento” (G: Frege, Art. “El Pensamiento, una Investigación Lógica”, Lógica y Semántica, Ed. Universitaria de Valparaíso, 1972, p. 111. Trad. De Alfonso Gómez –Lobo.) Por lo tanto, pretender dudar allí en donde no se puede plantear una pregunta equivale a pretender pensar lo que no puede pensarse.
8 L. Wittgenstein, Cuaderno Azul,p. 65.
9 “Cuando los filósofos usan palabras como `conocimiento’, ‘ser’, ‘objeto’, ‘yo’, ‘proposición’, ‘nombre’ – y tratan de captar la ‘esencia’ de la cosa, siempre se ha de preguntar: ¿Se usa efectivamente esta palabra de este modo en el lenguaje que tiene su tierra natal?. Nosotros reconducimos las palabras de su empleo metafísico a su empleo cotidiano”. (WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 16.)
El filósofo dice “sólo mis experiencias son reales”, no está usando la palabra “real “ en ningún sentido ordinario, como, por ejemplo, cuando la usamos en contraste con “fingida”, etc
“…podría dar la impresión de que consideramos que nuestra tarea es la reforma del lenguaje. Una reforma semejante para fines prácticos, el mejoramiento de nuestra terminología para evitar malentendidos en el uso práctico, es perfectamente posible. Pero éstos no son los casos con los que hemos de habérnoslas. Las confusiones que nos ocupan surgen, por así decirlo, cuando el lenguaje marcha en el vacío, no cuando trabaja”. (Id. 132.)
Una declaración metafísica es como “…una rueda que puede girar sin que nada se mueva con ella, no forma parte del mecanismo”. ( Id. 271.)
10 Id.111.
11 L. WITTGENSTEIN, Cuaderno Azul, p. 77.
12 Id., pp. 54 y 55
Los problemas filosóficos son perplejidades que deben ser desenmascaradas como gratuitas preocupaciones intelectuales.
13 Id.p. 54.
14 Id. P. 55.
15 Id.
16 HERTZ, Principles of Mechanics, citado por L. WITTGENSTEIN en Cuaderno Azul,p. 55
17 L. WITTGENSTEIN, Cuaderno Azul, p. 55.
18 Id.
19 Id., p. 56.
20 L. WITTGENSTEIN, Philosophische Benerkungen, 52; traducción de Norman Malcolm. The Philosophical Review, Vol. LXXVI.p.229.
21 L WITTGENSTEIN, Zettel, 452.
22 L: WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 109.
23 Id., 309
24 N. MALCOLM, Ludwig Wittgenstein: A Menoir, Londres, 1958, p. 51. Citado en FANN, o.c., p. 108.
25 L. WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 255.
26 T.K FANN, o.c., p. 128.
27 L: WITTGENSTEIN, Zettel, 382.
28 L. WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 133.
29 L. WITTGENSTEIN, Cuaderno Azul, p. 92.
30 L. WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 133.
31 Id., 124.
32 P. WINCH y colaboradores, Estudios sobre la Filosofía de Wittgenstein, EUDEBA, 1971, p. (Introducción).
33 L. WITTGENSTEIN, Investigaciones Filosóficas, 116.
34 L: WITTGENSTEIN, Tractatus, 4. 112
35 Véase el Capítulo “El Origen de los Problemas Filosóficos”
36 L WITTGENSTEIN; Tractatus, 4.003
37 L. wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, 124
38 Para abordar cualquier problema es necesario realizar un previo análisis gramatical de los términos para así determinar a qué juego pertenecen y en definitiva como debe ser tratado.
17 de Diciembre, 2009, 18:31: feyerabendGeneral

El terror del teorema de Pitágoras

 Por Leonardo Moledo

El gran Parménides (siglo V a. de C.) había puesto en aprietos a la incipiente ciencia griega inaugurada por Thales de Mileto: efectivamente, decía él, los fenómenos están ahí y requieren explicación, pero no se puede, ya que los captamos por los sentidos, y éstos son engañosos; sólo se puede acceder a la verdad pensando, cerrando los ojos a toda observación que no sea una verdad mental indubitable: El Ser es, y el No Ser no es.

Frente a este callejón sin salida había dos posibles respuestas, y una de ellas la dio Pitágoras. Si sólo se puede pensar, pues bien, pensemos entonces, y desde ya, el único terreno en el que sólo se puede pensar son las matemáticas. Es decir, y contrariamente a Perón, Pitágoras no creía que la única verdad fuera la realidad, sino las matemáticas.

Pitágoras es un personaje misterioso y se sabe muy poco de él: se conjetura que nació en la isla de Samos, cerca de Mileto, tan luego, hacia la mitad del siglo VI (a. de C.) y que luego se trasladó a Crotona, en los territorios griegos del sur de Italia.

El asunto es que la figura de Pitágoras está rodeada por la leyenda, porque la escuela pitagórica funcionaba como una secta mística y hermética, como un grupo mancomunado por creencias y prácticas religiosas. Creían en la inmortalidad y la transmigración de las almas y practicaron abstenciones rituales: por ejemplo, no podían comer alubias. Esta prohibición, que puede parecer rara, proviene de la tradición órfica de la transmigración de las almas, que entre encarnación y encarnación solían alojarse en las alubias, de tal modo que comerse un guiso podía significar almorzarse a una población entera.

Los pitagóricos rechazaron los fenómenos y el “discurso de las cosas”. A la pregunta ¿cuál es el origen de las cosas?, respondieron: los números.

Es posible que esta idea haya partido del estudio de la música: ellos descubrieron que hay relaciones numéricas precisas entre los sonidos: una cuerda de la mitad de la longitud de otra da la misma nota, sólo que una octava más alto, y lo mismo ocurre con los acordes de cuarta y de quinta, que responden a relaciones numéricas. Estas relaciones no son para nada evidentes; no hay ninguna razón para suponer que la identidad de las notas tenga algo que ver con los números. Pero una vez comprobadas estas relaciones numéricas, los números parecen ser la razón subyacente de las armonías musicales. Podían quedarse en una semejanza formal, pero había un paso audaz y hasta cierto punto cantado, y los pitagóricos lo dieron al generalizar y proclamar que todas las cosas consisten en números: los pitagóricos establecen un principio abstracto como esencia. Ni el agua de Thales ni el aire de Anaxímenes. Los números tan luego. Incluso se pasaron un poco de rosca: identificaron a la Justicia con el número 4 por tratarse del primer número cuadrado; al matrimonio con el 5, que representaba la unión del macho (3) con la hembra (2). Pero además analizaron muchas propiedades de los números y trabajaron sobre los poliedros regulares, las medias aritméticas, geométricas y armónicas. Propusieron un sistema astronómico no geocéntrico, en el que todos los cuerpos celestes giraban alrededor de un fuego central.

Esto es: hay un mundo invisible que es el verdadero mundo, donde deben buscar las relaciones fundamentales, y es allí donde “la debilidad de la razón” pierde su carácter de tal.

Naturalmente, la gran gloria de la escuela es el famoso e inmortal “teorema de Pitágoras”, que establece que en un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, una relación que no es para nada evidente, y que, a primera vista, no tendría por qué suceder (la relación, sin embargo, era conocida por los matemáticos babilonios y egipcios y aplicada por los albañiles para construir ángulos rectos).

Sin embargo, ese mismo teorema los llevó a tropezar con un obstáculo catastrófico, letal: si construimos un cuadrado de lado 1 y aplicamos el teorema de Pitágoras, su diagonal mide raíz cuadrada de 2.

Y la raíz cuadrada de dos no correspondía a ningún número, a ninguna fracción que los pitagóricos pudieran imaginar. La raíz de 2 es inexpresable, no se puede decir, no es un número.

La raíz cuadrada de dos produjo verdadero terror entre los pitagóricos: Ellos suponían que todo consiste en números y que el conocimiento expresa relaciones entre números (enteros o fraccionarios). Pero he aquí que una entidad, que ciertamente pertenece a la ciencia, la diagonal de un cuadrado, no puede ser expresada con números enteros. Nada, no puede existir. Es decir, tenemos algo concreto y ese segmento, que está ahí, no es un número, no es nada. Y la medida de la diagonal de un cuadrado de lado 1 tampoco es nada. No existe. ¡Pero la diagonal de ese cuadrado está ahí! ¿Cómo puede ser que a un segmento no corresponda ninguna longitud?

Un ejemplo del terror que produjo ver que algo tan simple como la raíz cuadrada de 2 era un irracional es la leyenda según la cual un pitagórico, Hipaso, divulgó el secreto y pereció ahogado como castigo divino por su acción. Y es que la escuela pitagórica se había embarcado en el desastre con su propia medicina y teorema. Construyeron todo un edificio científico, místico, que les parecía muy sólido y de repente aparece este asunto que amenaza con precipitar toda la escuela en el abismo. Los pitagóricos se enfrentan a este dilema y no lo pueden resolver. Han fracasado. ¿Y entonces? El terreno del pensamiento parecía seguro, sin la engañosa cualidad de los sentidos. ¡Y ahora resultaba que no era tan seguro! Y si la razón es derrotada en su propio terreno... ¿qué no se puede esperar de la empiria? ¿Entonces habrá que recurrir nuevamente a los dioses? No. Pero, indudablemente, era necesario tomar otro camino. El propio teorema, fruto dorado de la escuela, la precipitó en el abismo.

El terror de los pitagóricos ante la raíz cuadrada de 2 es fácil de entender, porque no-

sotros, hoy, en el fondo, seguimos siendo pitagóricos. No creemos, como Pitágoras, que todo es número, pero sí que las matemáticas subyacen al mundo empírico; que de un modo misterioso organizan la empiria, que aquello que es matemáticamente posible Es y que aquello que no es matemáticamente posible, No Es. ¡Ah, Parménides!

7 de Diciembre, 2009, 11:40: feyerabendGeneral

Un paseo por la mente

Los procesos de percepción, memoria y conciencia. El concepto, o mejor, los múltiples conceptos del “yo”. Carolina Scotto es doctora en Filosofía y en esta entrevista recorre la relación del mundo con la mente: la filosofía de la mente como capítulo esencial de la epistemología.

 Por Leonardo Moledo e Ignacio Jawtuschenko

–Bueno, usted es rectora de la universidad de Córdoba, y sobre eso tendrá mucho que decir, pero también se dedica la filosofía de la mente. La verdad, preferiría que dejáramos las cosas burocráticas de lado y hablemos de esto último. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

–Me parece la mejor cualidad de un rector: que hable de lo que investiga...

–Sí, lo otro termina muchas veces en frases hechas...

–Bueno, vamos entonces: la relación del mundo con la mente es interesante porque abre la pregunta acerca de por qué es posible la ciencia.

–Claro, eso hace de la filosofía de la mente un capítulo esencial de la epistemología.

–Hablemos de aquello en lo que usted trabaja específicamente.

–En estos últimos años el trabajo con mis becarios y mi equipo de investigación ha girado en torno de las relaciones conceptuales y teóricas entre los modos vulgares o precientíficos de explicar el comportamiento de ciertas criaturas y los modos científicos, en plural, de conceptualizar y teorizar acerca de la explicación psicológica.

–Criaturas... ¿A qué se refiere?

–La ciencia psicológica o las ciencias de la mente han estado tradicionalmente centradas en la atribución de predicados mentales sólo a sujetos humanos. Esto tiene una larga tradición en la historia del pensamiento filosófico y científico, cada vez se le ha ido dando más vigor a una concepción de lo mental, como aquello que sólo se presenta en el caso de los sujetos humanos adultos hablantes.

–Cuando dice “lo mental”, ¿qué quiere decir?

–Mental es un adjetivo extremadamente genérico. Se incluye en un muy variado espectro de procesos, mecanismos, habilidades, facultades, que van desde aquellas que despertaron en la tradición clásica escaso interés por considerarse las más toscas, menos singularizadoras de la mente humana, aquellas a través de las cuales mantenemos una propiocepción –una percepción de nosotros mismos y de nuestro entorno inmediato– no necesariamente procesada a nivel consciente pero que constituye un flujo de información esencial para la realización de otros procesos cognitivos más complejos, ya de carácter consciente. Estos últimos procesos son aquellos a los que paradigmáticamente la tradición clásica ha prestado más atención por considerarlas competencias cognitivas singularizadoras, incluso con una visión de la superioridad que nos da con respecto a otras criaturas tener estas facultades.

–Usted habla de ese flujo en el medio del cual estamos. En ese flujo se define un “yo”, pero en la filosofía de la mente hay dos problemas. Uno es tratar de definir el estado consciente, y el otro es el asunto del pensamiento y el lenguaje, que parece que no está para nada definido. Así como hay algunos que piensan que el pensamiento es lenguaje o que el lenguaje es el pensamiento, tal vez el lenguaje sea una parte del pensamiento e incluso un obstáculo, en determinados momentos, para el pensamiento.

–Yo diría como primera parte de mi respuesta que hay un conjunto de conceptos en la reflexión filosófica contemporánea acerca de lo mental de una enorme densidad semántica y filosófica. El concepto de “yo” es uno de ellos. El de “conciencia” es otro de ellos, también “racionalidad”, “experiencia fenoménica”.

–Nada fáciles, por cierto.

–Y claro que no. Para todos ellos hay más de un significado, no en el sentido de que cada teórico aporta su propia concepción del problema, sino que detrás de cada concepto hay muchas nociones. Hay nociones de “yo” tales como la que dejó inscripta con una enorme fuerza en la tradición científico filosófica de la modernidad Descartes, que es la del yo como la de un gran escenario interno, autotransparente para el propio sujeto, porque lo que ocurre dentro de ese “yo” constituye la esfera interior de un reino, en “un ser en el mundo” esencialmente distinta del modo de ser de las cosas meramente físicas.

–Ahora, de Descartes hasta aquí ha corrido mucha agua horadando esa noción de “yo”, por ejemplo con Kant.

–Sin dudas la noción kantiana es desde ya es una noción compleja. No hay un “yo” en Kant, hay muchos. Por su parte, los filósofos empiristas han hecho enormes avances en lo que se denomina hoy naturalizar el “yo”, sacarlo de ese reino tan contrario al reino de la naturaleza. El “yo” de Jung es prácticamente una cadena de fenómenos que es explicable en un nivel bastante similar a como puede explicarse cualquier otro fenómeno en el orden natural del mundo.

–Pero Jung en cierta forma ya pasó...

–Puede ser. Pero luego hemos tenido otros aluviones sobre esta noción del “yo”. La idea freudiana, la concepción freudiana (obviamente no me refiero al psicoanálisis), pero me refiero a una importantísima matriz dentro de la psicología del pensamiento, también nos ha enseñado a distinguir entre el “yo” consciente y una importantísima dimensión de nuestra actividad mental que gobierna buena parte de nuestras acciones, que no es consciente y que es en principio inaccesible a la conciencia inclusive.

–Sería en cierta forma lo contrario del yo cartesiano. Y a ver... ¿puedo dar unos pasos hacia delante?

–Sí, claro.

–En otras ciencias de lo mental, como pueden ser las ciencias cognitivas, en aquellos capítulos dedicados a la cognición animal, es decir criaturas no humanas, también se ha identificado mediante una serie de tests, especialmente con grandes simios una cierta conciencia de la identidad personal. En el famoso test del espejo, la conducta que vivencian estas criaturas cuando se observan a sí mismas es una clara muestra de que se distinguen a sí mismos de los demás, es un comportamiento que no podría tener una adecuada explicación si no hubiera criterios bastante sólidos de identidad personal y de reconocimiento.

–La mente no es patrimonio exclusivo de los seres humanos...

–Los evolucionistas materialistas como yo hablamos de personas humanas y personas no humanas. Peter Singer dice que muchas más criaturas que los seres humanos constituyen comunidades morales, comunidades de derechos. Muchas de ellas requieren de nuestra protección, dada nuestras facultades para ejercer una protección sobre ellos, no menos quizás, que personas humanas con limitaciones o discapacidades. No sé si no estoy hablando demasiado, pero me cuesta controlarme.

–No importa, así yo descanso... y pienso.

–Además hay un argumento evolutivo acá que no se puede ignorar. Si el “yo” que es una característica del sujeto y el sujeto se constituyó evolutivamente, el “yo” tuvo que evolucionar, o sea que hay instancias intermedias del “yo”.

–Yo adhiero profundamente a la noción de gradualismo. Creo que es una de las más profundas lecciones que para las ciencias tanto humanas como naturales ha dejado el pensamiento darwiniano. Creo que tener una posición gradualista es una gran contribución a la conceptualización y teorización de los fenómenos mentales. No sólo pluralizar el concepto, de qué yo o conciencia estamos hablando, sino además admitir grados en los que se dan estos fenómenos conforme el tipo de criaturas o tipos de mentes de que se trate o incluso según el estadio del desarrollo cognitivo de cada criatura.

–¿Podemos llegar a conceptualizar un “yo” parcial o eso nos está vedado?

–Seguramente que podemos conceptualizar. El cada vez mayor conocimiento de los desórdenes, patologías y daños que en los distintos niveles de la función cognitiva ha hecho una gran contribución al conocimiento científico de lo mental y ha removido mucho la reflexión filosófica. Conocer qué se pierde cuando se pierde cierta facultad, cuánto del resto del comportamiento y de las capacidades cognitivas de un agente se desarregla por la pérdida o la afectación de alguna otra función contribuye a la comprensión global de la mente sana, de la mente normal.

–Y en cuanto a la relación del “yo” con la memoria, ¿puede haber un “yo” sin memoria? Por otro lado, ¿el “yo” puede conceptualizar el mundo de una manera no narrativa?

–Sobre la primera pregunta casi no tendría nada que decir, excepto que nuestra concepción humana del “yo” incluye esencialmente la facultad de un relato histórico. Yo diría hoy que en algún sentido dentro de esta idea de multiplicidad de capas que admiten estas nociones, en el sentido más social, más manejable no científicamente, el “yo” es un relato y como tal requiere de la memoria, porque todo relato tiene un transcurso del tiempo y ha sido construido en el tiempo.

–No sólo un relato. Yo digo “taza”, y sé que es la misma taza de hace un rato.

–Usted dice “taza” porque quiere un poco más de café.

–Efectivamente, pero bueno, en algún momento se produce ese reconocimiento de la “taza”, con café o sin él. Es un relato que se extiende en el tiempo. Hay un entorno del tiempo que uno reconoce como continuidad. Ahora, si ese relato que es memoria y que es relato sobre todo es constitutivo del yo y si una parte del yo esta en la posibilidad de hablar, y otra parte del yo está en la posibilidad de pensar o conceptualizar, ¿conceptualizamos según relatos aunque sean mínimos? ¿Es posible conceptualizar la puerta aquella que vemos simplemente como puerta o tenemos que integrarla en otra cosa, en algo que tiene una continuidad narrativa?

–Buena parte de nuestro pensamiento y aquel que en particular es pertinente para la construcción de ese relato del que está hecho nuestra identidad personal tiene carácter proposicional. No es una mera acumulación de conceptos atómicos separados unos de otros sin ninguna articulación, sino que tiene el carácter del pensamiento articulado. No es una especie de flujo de información preconceptual. Estaba hablando del relato aquel del que se constituye nuestra identidad personal. Pero creo que es fácil demostrar que hay una enorme e importantísima actividad mental, que por qué no llamarla pensamiento, que puede incluir desde sensaciones, percepciones hasta alguna forma de pensamiento más complejo que no necesariamente tiene carácter proposicional, aunque creo en el caso humano tiene generalmente carácter conceptual, que no es lo mismo que decir carácter lingüístico.

–¿Ese carácter conceptual tiene algún elemento narrativo? Narrativo en el sentido de que cuando miramos la puerta pensamos en la puerta permaneciendo en el tiempo o pensamos en la puerta que se abrió, o sea no podemos pensar la puerta sola como concepto aislado platónico.

–Es pensamiento proposicional, se piensa en algo y se piensa algo acerca de ese algo. Uno no piensa en lapiceras. Normalmente pienso en la lapicera que está ahí, en la lapicera que es mía o en que tengo una lapicera. A eso le llamamos pensamiento proposicional, una articulación de conceptos que incluye un concepto relativo a la entidad en la que pensamos y uno o más conceptos que nos dicen algo acerca de cómo pensamos sobre esa entidad.

–¿Cuando soñamos estamos pensando?

–La única manera de responderlo tiene por fuente de información el recuerdo del sueño. Normalmente ese recuerdo del sueño, que sin duda debe recoger apenas fragmentos de lo que ha sido un continuo de actividad cerebral ocurrida durante el sueño, tiene formato lingüístico, a veces sólo conceptual, a veces imaginístico de sensaciones.

–Uno se pregunta por qué uno sueña lo que sueña. Por ejemplo la teoría de Crick dice que es una manera de olvidar, una manera de transferir de memorias cortas a memorias largas. Ahora: ¿por qué eso tendría que ser narrativo? Si el pensamiento es básicamente narrativo, entonces se entiende que el sueño como pensamiento tiene que organizarse de una manera narrativa cualquiera.

–Yo no estoy tan segura, porque hay una enorme de actividad mental que no necesariamente tiene el formato de relato y de la que no somos normalmente conscientes porque estamos centrando el foco de atención en algún pensamiento consciente. Yo al mismo tiempo que estoy intentando responder la pregunta estoy sintiendo los límites de mi propia corporalidad respecto de las otras entidades físicas que me rodean, sin los cuales seguramente podría cometer algunas torpezas o algunos errores graves que no me permitirían seguir articulando conceptos. Y eso no necesariamente tiene el formato de un relato, pero es información sin la cual no podría yo intentar responder la pregunta. Solemos prestar más atención al pensamiento consciente de carácter discursivo, a los relatos, a través de los cuales construimos nuestra identidad personal, nuestros razonamientos más sofisticados. Y no solemos prestar atención a la actividad que tendemos a caracterizar como pre-mental, pre-lingüístico, pre-conceptual, que genera una especie de territorio más bien del lado del cuerpo que del lado de la mente y en realidad ahí hay una cantidad de información sin la cual no seríamos sujetos competentes.

–Usted dice que el pensamiento lingüístico es una parte. Si el pensamiento lingüístico fuera todo efectivamente –como dice Quine– no se podrían entender los sujetos, sin embargo no es así. Podemos aprender otro lenguaje. Para aprender otro lenguaje tenemos que tener un elemento no lingüístico que nos permita aprenderlo.

–El bueno de Quine estuvo cerca de admitir que estaba equivocado cuando él mismo, intentando explicar cómo hacemos para comprender una comunidad totalmente extraña a la nuestra, recurrió a ese gran poder que es la empatía, esa conexión con el otro, que nos permite ponernos en el lugar del otro, proyectar nuestros modos de comportamiento al otro...

–¿La empatía es exclusivamente humana?

–Absolutamente no. Hay interesantísimos estudios acerca del complejo concepto de empatía y que permiten distinguir muchos niveles de competencias cognitivas. Claro, la versión más sofisticada requiere de una clara conciencia del propio yo, de su distinción respecto de otro yo y del razonamiento de proyectar al otro las cosas que al propio sujeto le acontecen como una estrategia para entenderlo. Pero esa competencia cognitiva se asienta en habilidades bastante más primitivas. Todos ingredientes de nuestro concepto humano de empatía: los fenómenos de la simpatía, del contagio emocional, de la atención visual conjunta, los compartimos con los grandes simios. Gracias a la empatía, la madre y el niño, tanto humanos como simios, consiguen entenderse de una manera intransferible, no verbal. Ahí, aun sin tener lenguaje consiguen percibir dónde está el peligro, saber u oler o sentirse auxiliados o seguros frente a la madre.

–¿Es posible que los primates puedan experimentar empatía por otra especie?

–Hay un libro maravilloso y muchísimos artículos de un autor, Franz Bibal...

–No entendí bien ese nombre, pero bueno, lo dejo así.

–Franz Bibal, un investigador holandés, que incorpora en sus reflexiones sobre la empatía, la cognición animal y el comportamiento animal en general evidencia realmente difícil de creer, como la empatía por ejemplo entre un bonobo y un pajarito.

–A eso me refería, exactamente.

–Bibal relata el caso de un bonobo que ve un pájaro herido caído, lo levanta, lo tira a volar, lo intenta ayudar a que recupere el vuelo, el pajarito estaba bastante malherido y vuelve a caerse y el bonobo decide hacer un esfuerzo adicional totalmente altruista, desinteresado, no conectable con la satisfacción de ningún interés propio, trepa a una palmera altísima con lo cual se pone en riesgo y desde ahí arriba intenta lanzarlo.

–Pobre pajarito... ¿Qué diferencia a la mente humana de la de un primate evolucionado como un bonobo?

–Muy pocos y muy sustantivos rasgos. Nos parecemos muchísimo, compartimos cerca de un 98 por ciento del ADN. Sin embargo hay una enorme e importante cantidad de mecanismos, facultades, humanas que compartimos con otras criaturas, que consideramos menores y nos concentramos en aquellas diferencias que marcan una diferencia sustancial. Creo que una vez que adquirimos la capacidad de almacenar y transferir información mediante el lenguaje adquirimos una habilidad que introduce diferencias cualitativas entre nuestras vidas mentales y las vidas mentales de las otras criaturas.

–¿No tienen lenguaje?

–Tienen refinadísimos sistemas de comunicación, pero no tienen algunas de las facultades singulares del lenguaje articulado humano. Los sistemas de comunicación animal, que están siendo cada vez más conocidos, tienen una enorme sofisticación, para modificar la conducta del otro, para sobrevivir, para perseguir los propios fines. El sistema lingüístico humano permite acumular información con un alto grado de refinamiento, que ahorra a la mente un enorme esfuerzo y multiplica en la comunidad esa información y genera cultura.

–En Occidente hay toda una mitología en torno del cerebro como lugar sagrado de residencia de la mente, ¿no?

–Sí, es un gran prejuicio y un gran deseo. Responde al deseo de encontrar un lugar donde estén los fenómenos bajo estudio, pero es extremadamente simplificador. Cuando uno caracteriza el objeto de estudio de las ciencias cognitivas, tiene que decir que esa actividad está enormemente dispersa en una red de fenómenos; algunos están situados espacio-temporalmente, pero otros son fenómenos como las entidades inobservables de la ciencia en general. Por ejemplo, lo que se sitúa a nivel de la relación de una persona y otra. Tenemos que desontologizar nuestras preguntas científicas básicas. Muchas veces tenemos que reemplazar la pregunta ¿qué es? por ¿cómo funciona? La reflexión ontológica nos obliga a ver que hay más clases de cosas. Hay una incontable cantidad de objetos de estudio de la ciencia, que no son cosas, por ejemplo, los significados. No necesariamente lo que decimos que existe son solo entidades discretas, materiales, situadas en el espacio-tiempo.

–Hay teorías como la del yo distribuido de Crick, que dice que no existe el, yo es la red neuronal.

–Hay una gran discusión que en rigor es tan vieja como la filosofía misma acerca de cuán separados o cuán conectados o cuán diferentes son mente y cerebro. Esta es una discusión que ha adquirido más carnadura, un carácter más desafiante a medida que las ciencias del cerebro han aportado un caudal de conocimiento del que antes no se disponía. Todo lo que ha conseguido explicarse en estas últimas décadas respecto de ciertos fenómenos, para los cuales antes sólo contábamos con caracterizaciones fenomenológicas o con teorías altamente especulativas, ha vuelto a poner sobre la mesa cuántas ciencias no materialistas sobrevivirán a las ciencias del cerebro.

–...

–Ahí tenemos a las versiones “tipo Bunge” del mundo y después tenemos versiones más narrativistas, que sostienen que cualquiera sea el avance en las ciencias del cerebro y los modelos de facultades mentales entre las cuales están las del cerebro, siempre habrá algo que se escapa. Ahí distingo, para usar la expresión de un querido y admirado filósofo contemporáneo, Daniel Bennet. Yo diría que él tiene una visión en extremo pluralista acerca de a qué le llamamos mente y cuántas ciencias hacen falta para estudiar un fenómeno tan complejo. De algún modo desplazando la discusión de si vamos a ser materialistas o dualistas, por una discusión de si será imprescindible ser pluralista. Eso sí, ser pluralista serio y poner en conexión los niveles explicativos siempre que se pueda y no tener pruritos en mantener niveles explicativos no necesariamente reducibles a niveles de explicación neural.

–Tal vez la clave de ese asunto está en el gradualismo. Si nosotros pudiéramos saber lo que pensaba un pitecantropus... Las mentes animales son mentes ya completas de alguna manera que evolucionaron en otro sentido.

–Se están escribiendo libros muy importantes sobre arqueología de la mente. Es un esfuerzo que parece infranqueable porque no solo está la barrera temporal, también es mínima la evidencia disponible. Pero el objetivo es reconstruir cuál pudo haber sido el universo mental y los recursos cognitivos de los que disponía el hombre primitivo. Hay autores que intentan conectar el origen de la facultad lingüística con ciertas habilidades para el desarrollo de la música. Hay mucha información cognitiva detrás de las herramientas que usaba el hombre primitivo. Algo a lo que la antropología y la arqueología pocas décadas atrás no prestaban atención. Estos elementos no solo son indicativos del estilo de vida económico de los pueblos, sino también muestran qué podían pensar y cómo construían conceptos.

–Hay cosas que por ahora sabemos que están en el misterio. Algunos dirán que estarán siempre en el misterio. ¿Las facultades cognitivas que necesita una rectora de una universidad tan grande y antigua como ésta alcanzan o hay una zona de misterio que no se puede resolver?

–Lo que uno realmente sabe, piensa, cree, siente y puede no lo sabe más uno que los demás.

26 de Septiembre, 2009, 9:41: feyerabendGeneral

Vattimo: "Hoy, la ética es rechazar una autoridad suprema, la objetividad, una verdad"

El filósofo italiano dice que enseña con una actitud erótica y que "dar clase es como una orgía".

GIANNI VATTIMO. Uno de los mayores pensadores italianos, seguidor de la corriente hermenéutica, profesor de Filosofía Teorética en la Universidad de Turín.

Gianni Vattimo seduce a estudiantes y lectores. El filósofo habla con un grupo de universitarios en el lobby del hotel que está abandonando y se lo ve feliz. Enamorado. De eso se trata. "Dar clase es como... una orgía", define sin mover las cejas color ceniza. "Doy clases con una actitud erótica, con los varones especialmente, pero eso no quita que también lo sienta con las alumnas. Y ese erotismo puede surgir en una clase con ancianos... siempre que enseño estoy a la búsqueda de una relación sentimental, del amor". Vattimo, diputado comunista del parlamento europeo, estuvo en Buenos Aires invitado por el Ministerio de Cultura porteño para dar una charla sobre ética. Antes de partir habló con Clarín.

-¿Cuánto de erótico puede haber en el diálogo político, en la discusión parlamentaria?

-Lo mejor de la política es la campaña electoral, porque hablas con la gente y todo eso tiene algo de erótico. No quiero exagerar porque también se ha dicho que la relación de las masas con Mussolini era algo erótico y Berlusconi pretende hacer lo mismo. Sobre el erotismo de Berlusconi... (no puede contener la risa) se publicó mucho: sobre el cuerpo mismo del líder.

-¿Cuánto importa debatir los placeres sexuales de Berlusconi?

-A mí no me interesa saber cuántas putas recibe Berlusconi cada noche. Lo que ha tenido relevancia son sus mentiras. Las mentiras que dijo para ocultar, por ejemplo, que fue al cumpleaños de 18 de esa chica. Miente y entonces el problema deviene político, en un problema de la República.

-¿La ética debe tomar en cuenta las transformaciones de la política?

-Para Aristóteles la política es la cumbre de la ética, la construcción de la comunidad social. Hoy el problema de la ética es liberarse de la ley natural y terminar con la idea de que hay límites, como por ejemplo en la bioética. Hay principios "naturales" que se tratan de aplicar y obviamente aparecen los príncipes que los conocen mejor que uno, un comité central, el Papa, los filósofos de Platón, etc. ¿Se puede construir una ética, una política que renuncie totalmente a esta idea de autoridad básica? Creo que sí.

-Pero choca con la Iglesia...

-La política ética religiosa de la Iglesia ha sido esta: 'nosotros tenemos los principios, ustedes tienen que obedecer'. Esto lo sufro mucho como italiano con la bioética. En muchos países de Europa hay leyes respecto al derecho a morir; en Italia no porque la Iglesia pretende que se aplique la sacralidad de la vida. Pero la vida no es solamente la biología. Entonces se enfrentan: biografía vs. biología. Para mí la ética hoy significa rechazo a la pretensión de autoridad suprema de algunos principios, de la tradición de la objetividad, de una verdad a la que hay someterse. Y esto tiene que ser como la democracia en el sentido de aplicar leyes compartidas, obviamente es un camino largo.

-¿Qué implica la triple identidad cristiana comunista homosexual?

-Es la mejor mezcla posible: no sería comunista si no fuera cristiano. Cómo homosexual no tengo más problemas en esta sociedad. Nadie me objeta nada. El cristianismo me ha educado en el sentido de una sociedad caritativa, solidaria y esto se realiza políticamente sólo en el marco de una sociedad sin clases, de igualdad. Obviamente el comunismo no tiene mucho que ver con el comunismo de Stalin. Pero empiezo a no estar seguro de que Stalin fuera sólo un loco. Nos ayudó contra el nazismo. No fueron los Estados Unidos los que liberaron Europa sino los muertos de Stalingrado, la armada roja. Passolini también era comunista, cristiano y gay. Pero lo vivía dramáticamente. Lo echaron del PC por ser homosexual. Y de este modo yo puedo comprender el dramatismo en su obra.

19 de Septiembre, 2009, 9:21: feyerabendGeneral
 
 

Teoría ética de Lévinas

Paula Gil Jiménez [*]


 
 
Introducción

Soy totalmente solo; así, pues, el ser en mí, el hecho de que existo, mi existir, es lo que constituye el elemento absolutamente intransitivo, algo sin intencionalidad ni relación. Todo se puede intercambiar entre los seres, salvo el existir.1

Posiblemente esta idea, defendida por Lévinas, fue una de las causas por las que el filósofo de Kaunas decidió lanzarse a la búsqueda de una nueva filosofía, discrepando, de este modo, de su maestro Husserl.2

La obra de Emmanuel Lévinas (1905- 1995) podemos dividirla en dos períodos. En un primer momento, influyeron sobre ella dos grandes filósofos, a saber, Husserl y Heidegger. Debemos recordar que Lévinas coincidió con ellos en Estrasburgo, alrededor del 1927, cuando éste se trasladó hasta allí para estudiar filosofía. La deuda de Lévinas a Husserl y Heidegger se hace patente en sus tres primeras publicaciones importantes: La teoría de la intuición en la fenomenología de Husserl (1930), De la existencia al existente (1947) y Descubriendo la existencia con Husserl y Heidegger (1949).

No obstante, a pesar de la influencia que habían tenido sobre él estos filósofos, Lévinas tomará una nueva dirección, abandonando, de este modo, el camino que había tomado hasta el momento. Así, en un segundo período proclamará a la ética como la filosofía primera, rechazando la prioridad que filósofos, como los arriba mencionados, le habían otorgado a la ontología. Este cambio de postura fue la causa de que la filosofía levinasiana se haya convertido en algo fundamental para todos aquellos que niegan la primacía de la ontología, es decir, para todos aquellos que niegan que lo más importante es el ser y, por el contrario defienden la alteridad, la primacía del otro; en resumen, para todos aquellos que sostienen que la ética es superior al saber.

Por desgracia, en nuestros días, el mensaje de Lévinas parece que ha permanecido en el recuerdo de unos pocos, y que la gran mayoría se hayan inclinado por aquello que defendía Hegel: Todo lo importante toma la forma de guerra [...] Un verdadero Estado requiere una división de clases en ricas y pobres [...] La guerra tiene un valor moral positivo.3 Pero, en fin, no vamos a discutir ahora sobre esto, ya que responde a una opinión propia, por ello, pasemos sin más preámbulos a sintetizar el pensamiento de Lévinas que es de lo que trata el presente trabajo.

Decir lo indecible

Para entender la obra de Lévinas hemos de conocer, en primer lugar, algunos sucesos importantes que marcaron la vida de nuestro autor. Lévinas nació en 1905 en Kaunas (Lituania) en el seno de una familia judía y burguesa. En 1914 se vieron obligados a emigrar a causa de la Primera Guerra Mundial, instalándose en Karkhov (Ucrania) donde vivieron la revolución bolchevique. Su experiencia de la vida se arraigó, por una parte, en la conciencia de un pueblo que había padecido las barbaries nazis y se manifestó, por otra parte, dentro del pensamiento francés, sin despreciar por eso la fenomenología alemana. En 1931, tras haber conocido a Heidegger y Husserl, se nacionalizó francés, gracias a lo cual se salvó del trato que recibieron otros judíos en el campo de concentración en Hannover, en el que fue recluido en 1940. Sin embargo, su familia que habitaba en Lituania no tuvo la misma suerte y fue masacrada por los nazis. Por este hecho, Lévinas rompió la relación que mantenía con Heidegger, por la cercanía de éste al nazismo. En estas experiencias hallaría la fórmula de una nueva filosofía, la cual encumbraría a la persona, dejando en un segundo plano al "ser". Así, durante los años 50, Lévinas comenzó a crear una filosofía altamente original, dejando a un lado la ontología y preocupándose por la ética. Pero, ¿cuál fue el motivo por el que nuestro autor decidió independizarse de su maestro e iniciarse en una nueva búsqueda? ¿Por qué puso en duda la primacía de la ontología? En resumen, ¿por qué la ética como filosofía primera? Estas son las cuestiones a las que intentaremos responder de un modo sistemático a continuación.

El término filosofía desde Sócrates había adquirido, según Lévinas, un significado erróneo. Se había identificado a la filosofía con el amor a la sabiduría. Occidente había creado una filosofía preocupada por el ser (la esencia) y había ignorado al ente (al sujeto). Se había olvidado de la diferencia, de los sentimientos. Sin embargo, nuestro autor, al igual que harían filósofos como Heidegger y Nietzsche, advirtió que a causa de esta filosofía habíamos conseguido más aspectos negativos que positivos, ya que nos había conducido a una sociedad en la cual lo más importante era el ser, el ego cartesiano, el ensimismamiento; es decir, a consecuencia de esta idea habíamos creado un mundo en el que habíamos olvidado factores imprescindibles de la persona, como son las pasiones y los sentimientos, o aspectos básicos de carácter ético por los que podemos hablar realmente de persona, como el decir "los buenos días".

Lévinas observó que la base de la violencia era el interés, ya que resulta imposible el poder afirmarnos todos, por ello advirtió que este inter-és debíamos convertirlo en des-inter-és, es decir, debíamos de ponernos en el lugar del otro sin esperar nada a cambio. Debíamos, por consiguiente, surgir del ego cartesiano y ver más allá de nosotros mismos; aceptar que somos, tal y como señalaba Aristóteles en su Política, animales cívicos; aceptar que a mi lado se encuentra el Otro, gracias al cual soy yo quien soy.

Con esto, Lévinas subrayaba la idea de alteridad, rechazando de este modo lo anunciado por la ontología. Ésta se caracterizaba por reducir a lo Mismo todo lo que se oponía a ella como Otro. El conocimiento representaba, así, una estrategia de apropiación, de dominación. Por el contrario, el filósofo de Kaunas, inspirándose en la tradición hebrea, buscó otro modo de pensar esta relación, ya que, como él señalaba, no somos tan sólo hijos de los griegos sino también de la Biblia.4 La filosofía occidental había mirado hasta el momento únicamente a Grecia, olvidándose de Jerusalén.

Tras este olvido, Lévinas propondrá pensar de nuevo la filosofía entendiendo a ésta no ya como amor a la sabiduría, sino a la inversa, como la sabiduría que nace del amor. Pues lo que define al ser humano no es el ser, tampoco el interés, sino el desinterés. Por ello, hemos de tomar distancia del cogito, del sistema y de lo lógico, pues estos tres términos son los que habían caracterizado al pensamiento occidental hasta el momento, y crear una filosofía de la diferencia ya que lo importante no es el ser, lo concreto, sino la diferencia.

Es por esto por lo que debemos preocuparnos por el otro y no verlo como alguien enfrentado ya que, al fin y al cabo, hay yo porque hay responsabilidad, pues el yo es el resultado de que alguien nos haya cuidado. Y gracias a esto podemos sentirnos insustituibles, porque detrás de mí hay otros que no son yo. Fue así como Lévinas propuso un humanismo del otro hombre, del hombre que se responsabiliza y responde totalmente por el otro: Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago5.

Así pasamos, con Lévinas, de un yo cerrado (ego cartesiano) a un yo abierto, ya que la filosofía a partir de ahora no empezará en el yo, sino en el Otro. Pues, ¿cuándo soy yo? Cuando otro me nombra, si nadie nos nombra no somos nada. Podemos sustituir, de esta manera el "pienso, luego soy", que enunciaba Descartes, por "soy amado, soy nombrado, luego soy".

Pero, ¿quién es el Otro? El Otro no es otro con una alteridad relativa como, en una comparación, las especies, aunque sean últimas, se excluyen recíprocamente, pero se sitúan en la comunidad de un género, se excluyen por su definición, pero se acercan recíprocamente por esta exclusión a través de la comunidad de su género. La alteridad del Otro no depende de una cualidad que lo distinguiría del yo, porque una distinción de esta naturaleza implicaría precisamente entre nosotros esta comunidad de género que anula ya la alteridad.6

El Otro representa la presencia de un ser que no entra en la esfera del Mismo, presencia que lo desborda, fija su "jerarquía" de infinito7. Es decir, el Otro responde a aquello que no soy yo, a aquello que es anterior a mí y, gracias a lo cual yo soy quien soy. Pero la relación que se establece entre el Yo y el Otro, no se da en términos de reciprocidad como el Yo-Tú de Buber, donde ambos están en posición de igualdad. Tampoco en la relación Yo-Otro puede entenderse al otro como otro yo, ni siquiera como una relación cognoscitiva. En la relación Yo-Otro de la que nos habla Lévinas, el yo llega siempre con retraso, éste se nos presenta como algo infinito. La autonomía del yo, su principio de individualidad es de algún modo consecuente y también posterior a la configuración del otro. Sin embargo, la relación con el otro se hace más evidente a través de elementos como la proximidad, la responsabilidad y la sustitución.

La cercanía hacia el otro no es para conocerlo, por tanto no es una relación cognoscitiva, sino una relación de tipo meramente ético, en el sentido de que el Otro me afecta y me importa, por lo que me exige que me encargue de él, incluso antes de que yo lo elija. Por tanto, no podemos guardar distancia con el otro.

Por otro lado, ante la exigencia del otro de que me encargue de él, yo no puedo escaparme. El sujeto está llamado a responder del Otro, hasta de su propia responsabilidad. De este modo, mi yo queda sustituido por el Otro, por lo que el Otro se impone como límite de mi propia libertad.8

Lévinas identificará al Otro con las figuras del huérfano, el extranjero y la viuda, con las cuales estoy obligado. A este Otro no lo determino a partir de ser ni a partir del conocimiento, sino que él permanece intacto en su alteridad, es absoluto. Lo único que me queda es acogerlo como infinito y trascendente, responsabilizarme de sus necesidades. Según el filósofo de Kaunas la ética no se va a basar en el ser, sino en la relación, ya que cada uno de nosotros será la suma de las relaciones que tenga, por ello, hemos de responsabilizarnos de estas tres figuras, ya que están faltas de una relación muy importante.

Así, de acuerdo con Lévinas, el punto de partida del pensamiento filosófico no ha de ser el conocimiento, sino el reconocimiento, pues a través de los otros me veo a mí mismo. Esto conducirá a nuestro autor a sustituir las categorías tradicionales por otras nuevas como la mirada o el rostro: La mejor manera de encontrar al rostro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos […] La piel del rostro es la que está más desprotegida, más desnuda […] Hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos […] Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar9.

El rostro del otro me ordena el: "¡No matarás!", pero este mandato ha de ser entendido como el hecho de no reducir la alteridad desnuda y, por tanto, vulnerable, a la mismidad. Es decir, alude a elementos como el prójimo, el decir los buenos días; ya que al despreocuparme del otro lo estoy matando, pues ¿quién soy yo si nadie me nombra, si nadie me saluda? De este modo, el "No matarás" equivaldría a decir: "¡No te despreocuparás del Otro!"

La relación cara-a-cara será fundamental para Lévinas. Ésta tiene la característica de constituirse como asimétrica, pues el Otro se me aparece en una dimensión superior al mandarme, se me aparece como algo infinito, tal y como señalábamos anteriormente.

Como consecuencia de la primacía que le da a esta relación, le otorgará más importancia al decir que a lo dicho, pues el decir pertenece al ámbito de la expresión, al momento anterior de las palabras, de los signos o de cualquier otro elemento del lenguaje. El decir responde al momento ético, que es lo que realmente interesa a Lévinas: La experiencia absoluta no es develamiento, sino revelación: coincidencia de lo expresado y de aquel que expresa, manifestación, por eso mismo, privilegiada del Otro, manifestación de un rostro más allá de la forma. La forma que traiciona incesantemente su manifestación aliena la exterioridad del Otro […] El rostro habla. La manifestación del rostro es ya discurso10.

Lévinas se opondrá así a la ciencia y a la tecnología porque se preguntan por la verdad, son ontológicas y, él quiere cambiar esto proponiéndonos que en lugar de preguntarnos por la verdad nos preocupemos por el prójimo. ¿Por qué? Porque la crisis europea en la que nos encontramos, según Lévinas, es explicable desde una extraña paradoja, pues, a pesar de las excelencias de las que presume la civilización tecnológica, a pesar de los ideales de libertad y de verdad que constituyen nuestra identidad, nos vemos obligados a convivir con un olvido. Es como si hubiésemos olvidado dar los "buenos días", como si el amor a la verdad nos hubiese hecho olvidar el amor al prójimo. Nos hemos zambullido tanto en la complejidad del cogito que hemos olvidado la sencillez de los "buenos días". Hemos otorgado tanta importancia a la verdad que hemos olvidado los límites impuestos: No matarás.11 De este modo, tal y como señala nuestro autor, la magnífica ciencia producto de esta civilización mediterránea, que a su vez surgió de la búsqueda de la verdad, desemboca en amenazas apocalípticas y en la negación de este ser en tanto que ser. Civilización en que la razón, originalmente soberana, conduce a la posibilidad de la guerra nuclear.12 Por este motivo, Lévinas propondrá que la filosofía primera ha de ser una ética13. Ésta encuentra su fundamento en el encuentro cara-a-cara con el otro, donde el sujeto es responsable del otro incluso antes de ser consciente de su propia existencia.

Sin embargo, el filósofo de Kaunas reconoce que no es todo tan sencillo pues, no sólo estamos yo y el Otro, sino que también existe un tercero por el que se condicionan las leyes y se instaura la justicia. Esto se debe, según Lévinas, a la multiplicidad de hombres, a la presencia del tercero al lado del Otro.14 Y es que, si bien es cierto que no somos sólo hijos de los griegos, también es cierto que tampoco somos sólo hijos de la Biblia: No somos tan sólo hijos de la Biblia, sino también hijos de los griegos. Para comparar a los otros es necesario que alguien juzgue, para juzgar hace falta una institución y, para que haya una institución se requiere un Estado. La justicia del Estado es una mengua de la caridad y no, como creía Hobbes, una atenuación del hecho de que el hombre es un lobo para el hombre.15

Vemos cómo la ética levinasiana es también una ética de la justicia pues, queramos o no, estamos obligados a juzgar, a emitir juicios, a comparar. Por ello, para convivir se hace imprescindible la presencia de un Estado que nos garantice seguridad, aunque esto nos prive de una parte de nuestra libertad. Lévinas advertirá que el Estado deberá ser democrático ya que, en un Estado fiel a la justicia existe la preocupación constante de revisar la ley.16 Así, al tener el mismo peso el Estado y los ciudadanos en una democracia, éstos podrían cambiar poco a poco las leyes e introducir términos como los de caridad y solidaridad en ellas, ya que lo que le exigimos a la justicia no es que sea solidaria sino que sea justa. Es por lo que Lévinas hablará (al igual que Ricoeur en su obra: Amor y justicia) de una subordinación de la justicia y del Estado a la idea de caridad, responsabilizando así a los ciudadanos de suavizar la dureza de las leyes.

En resumen, la ética levinasiana nos advierte que no sólo somos hijos de los griegos, sino también de la Biblia, de hecho a la pregunta ¿qué es Europa? Lévinas responde: Europa es la Biblia de los griegos.17 Esto implica que hemos de suavizar las leyes, la lógica, la ciencia, es decir, todos aquellos elementos que habíamos recibido de Grecia, sirviéndonos para ello de los principios de caridad, solidaridad, projimidad, etc. que nos otorgó Jerusalén, los cuales habían sido olvidados tras la búsqueda insaciable de la verdad. De este modo, Lévinas rompe con el esquema sujeto-objeto que había sostenido la metafísica de la filosofía occidental, y construye un nuevo esquema: yo-otro, en el que hay una descentralización del yo y de la conciencia en cuanto que yo me debo al otro y es el otro quien constituye mi yo. Se abre así la posibilidad de acceso a una verdadera trascendencia. Trascendencia que significa no el dominio del otro sino el respeto al otro y, donde el punto de partida para pensar no es ya el ser sino el otro.

En este contexto, aparece la ética como la única vía para la salida del ser, es decir, Lévinas considera que la ética es la filosofía primera ya que, nos permite pensar en el Otro; pensamiento que resultaba imposible mediante la ontología.

Bibliografía:
  • LÉVINAS, E., Totalidad e infinito. Salamanca, Ed. Sígueme, 1977.
  • LÉVINAS, E., Ética e infinito. Madrid, Ed. A. Machado Libros, S.A., 2000.
  • LÉVINAS, E., La ética. Madrid, Ed. Pablo Iglesias, 1990.
  • LÉVINAS, E., "Somos hijos de la Biblia y de los griegos", El País, 13-VI-89, pág.39, entrevista con J. Méndez.
  • RUSSEL, B., Historia de la filosofía. Barcelona, RBA Coleccionables, S.A., 2005.
  • FERRATER, J., Diccionario de filosofía. Barcelona, RBA Coleccionables, S.A., 2005.




NOTAS:

(*) Paula Gil Jiménez es estudiante de cuarto de Filosofía en la Universidad de Valencia.

1 Emmanuel Lévinas. Ética e infinito. Madrid, A. Machado Libros, S.A., 2000 Págs.53 y 54

2 Lévinas rechaza la versión de la fenomenología defendida por Husserl en la que el sujeto se constituye en agente donador de sentido, pues, para él, el sujeto no es ni siquiera alguien constituido, sino que el sujeto se constituye en la medida en que entra en relación con el Otro. El Otro es siempre anterior a mí.

3 RUSSELL, B. Historia de la filosofía. Barcelona, RBA Coleccionables, S.A., 2005. Págs. 793 y 796

4 LÉVINAS. "Somos hijos de la Biblia y de los griegos", El País, 13-VI-89, pág.39, entrevista con J. Méndez.

5 LÉVINAS. Ética e infinito. Madrid, A. Machado Libros, S.A., 2000. Pág.80

6 LÉVINAS. Totalidad e infinito. Salamanca, Ed. Sígueme, 1977. Pág. 207

7 Ibidem. Pág. 209

8 Renaut criticará a Lévinas por esto ya que, al definir al sujeto como responsabilidad antes que intencionalidad, el sujeto se reduce a un rehén del Otro, pues sólo con la responsabilidad el sujeto se convierte en pasivo. Del mismo modo criticará la omisión que hace Lévinas de la autonomía, ya que al ser tan responsable del Otro me convierto en alguien irresponsable conmigo mismo.

9 LÉVINAS. Ética e infinito. Págs. 71 y 72.

10 LÉVINAS. Totalidad e infinito. Pág.89

11 Véase: LÉVINAS. La ética. Madrid, Ed Pablo Iglesias, 1990.

12 Íbidem. Pág.6

13 LÉVINAS. Ética e infinito. Pág.65

14 Ibidem. Pág.75

15 LÉVINAS. La ética. Pág. 13

16 Ibidem. Pág. 14

17 Ibidem. Pág.14


15 de Junio, 2009, 19:05: feyerabendGeneral

“Hoy ya podemos pelearnos con los textos de Platón y Aristóteles”

Los senderos metafísicos, cosmológicos y éticos en que se internaron decididamente los presocráticos, Platón, Aristóteles y sus posteriores interpretadores sentaron las bases del pensamiento occidental en general. ¿Cómo fue este proceso? ¿Qué tiene para decirnos hoy la filosofía antigua? ¿Por qué es necesario estudiarla? María Isabel Santa Cruz, directora del Instituto de Filosofía y profesora titular consulta de Filosofía Antigua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, se ocupa de explicarlo.

 Por Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki

–¿Cuál es su tema de trabajo en filosofía?

–Bueno, he transitado por muchos temas. Actualmente, sin embargo, me focalizo en la tradición platónica; más particularmente, en el neoplatonismo y, más particularmente todavía, en Plotino, que es el autor sobre el que hice mi tesis doctoral hace ya muchos años. Yo dirijo un equipo de investigación (integrado por becandos, doctorandos) y que está estudiando una serie de temas que confluyen en uno, al que titulamos: “Causa y explicación en la tradición antigua”. Fundamentalmente, se orienta hacia Platón, Aristóteles y Plotino, con la idea de detectar las estrategias interpretativas puestas en juego por los antiguos cuando leen a sus predecesores o a sus contemporáneos. Esta es una línea básica, que siguen nuestros proyectos desde hace ya bastantes años: cómo leyó Aristóteles a Platón, por ejemplo.

–El problema de la lectura, que no es una cosa menor. Quien lee frecuentemente está también escribiendo.

–Exactamente, porque quien lee puede modificar aquello que lee. Entonces debemos preguntarnos hasta qué punto se produce una distorsión por parte del intérprete sobre el texto del interpretado y hasta qué punto la lectura de sus sucesores inmediatos o no tan inmediatos enriquece nuestra propia posibilidad de interpretación.

–Hay un dicho famoso que asegura que cuando se discute algo, siempre están discutiendo, en realidad, Platón y Aristóteles por encima de las cabezas de los que arguyen. Borges leía el poema de Keats “El ruiseñor” y evocaba una discusión que se dio entre los críticos de la época (la de si Keats se refería a un ruiseñor en particular o a la especie de los ruiseñores) diciendo que, en el centro del conflicto, estaban Platón y Aristóteles: el que creía que el ruiseñor era un arquetipo de la especie, era platónico; el que lo consideraba un individuo particular, era aristotélico. ¿Es verdad todo esto? Y, por otra parte, ¿por qué nos importa hoy en día la filosofía antigua?

–Bueno, eso último es un pequeño problema. Respecto de la primera cuestión, decir que Platón y Aristóteles zumban sobre nuestras cabezas genera un malentendido, porque el Platón que recibió Occidente no es el verdadero Platón, sino el Platón tamizado por la tradición neoplatónica (fundamentalmente, por Plotino). Todo el Platón que influyó en la filosofía occidental fue el platón neoplatónico. A tal punto que, hasta el siglo XIX, no se distinguía al Platón original de la tradición que lo continuó y lo resignificó. De manera que en realidad, los que están discutiendo no son Platón y Aristóteles sino dos tradiciones: los antiguos nos han llegado filtrados por la interpretación. El primero de esos filtros es la Biblioteca y el Museo de Alejandría, que decidió qué textos recibiríamos y cuáles no; después Bizancio, toda la escolástica de la Edad Media, los árabes (fundamentalmente en el caso de Aristóteles). Nuestra distancia con los antiguos es mucho mayor que la que habitualmente se tiene en cuenta. Eso con respecto a lo primero. Con respecto a lo segundo, a su pregunta acerca del sentido que tiene el estudio de la filosofía...

–No es exactamente el sentido lo que a mí me interesa saber; creo que tiene sentido por sí mismo, como el estudio de cualquier cosa. La pregunta apunta, en realidad, a saber por qué nos importa ahora.

–Bueno, hay muchos motivos. Puede importar por un interés filológico, que es muy legítimo. Yo tengo una formación filológica fuerte, y creo que no se pueden abordar los textos de los antiguos si uno no tiene un muy fuerte dominio de las lenguas. Tener el dominio de la lengua es, en definitiva, tener el dominio de la cultura y del entorno en que vivieron. Sin el bagaje filológico, se es un amateur, nunca un profesional. Puede haber un interés histórico, en el mal sentido de la palabra: casi arqueológico, como tratar de reconstruir lo que dijeron los antiguos por el solo hecho de reconstruirlo...

–Lo cual también es legítimo.

–Sí, pero paralizante. Otra opción es poder interesarse en los antiguos únicamente para utilizarlos como un lejano antecedente de X argumento o doctrina que interesa en este momento, sacándolo de contexto. Eso también es legítimo, se hace en buena parte en el marco de la filosofía analítica: le puede interesar tomar de Aristóteles algo completamente sacado de contexto porque le viene bien para algo que quiere defender. Frente a todo eso, yo creo que también es legítimo pensar que los antiguos nos enseñan mucho más de lo que se puede pensar, en la medida en que son los primeros que trabajaron argumentativamente, son los primeros que plantearon el papel de la filosofía como una tarea argumentativa pero, además, como una tarea que tiene una gran implicancia en el modo de vida que se elige. De manera que uno puede encontrar en ellos instrumentos, herramientas, que tienen que ver de manera directa con el modo constitutivo de la filosofía como tal, es decir, de un pensar reflexivo.

–Ya veo...

–Por otra parte, si se los encara no como piezas de museo sino como textos que pueden enseñarnos muchas cosas, existe la posibilidad de pelearnos con ellos. Y la posibilidad de discutir con un texto, sea del siglo V a.C. o del último número de una revista, es filosóficamente válida. Creo que el ejercicio filosófico de la discusión se puede realizar con la misma legitimidad con textos de la antigüedad que con textos escritos hace poco. Muchos que pretenden no hacer historia de la filosofía están trabajando con un texto que por la cercanía en el tiempo no es historia, pero que dentro de 15 años ya va a ser historia.

–¿Qué nos enseñan Platón, Aristóteles, Parménides, Tales, Sócrates?

–Enseñan una enorme cantidad de cosas, en la medida en que han sentado la base de los problemas que han sido y siguen siendo los problemas de la reflexión filosófica: acerca de la naturaleza humana, de la naturaleza de la realidad, de la conducta, de la política, de la lengua. Además, esas teorías que nos ofrecen nos las ofrecen recurriendo a argumentos, argumentos cuya forma enseña mucho. Nos enseñan a través del planteo de los problemas, de las respuestas a esos problemas y del modo en que se abordan esos problemas. Yo creo que son tres aspectos que nos enseñan a trabajar filosóficamente.

–¿Nos enseñan que toda postura debe ser argumentada?

–Sí, desde el momento en que la filosofía nace como una actividad eminentemente argumentativa. Creo que esto marca el paso de un tipo de discurso y de mentalidad no filosófico a un tipo de discurso y mentalidad filosófico...

–Y científico.

–Claro, es que son prácticamente lo mismo. Los primeros filósofos en realidad se dedicaban a una tarea que se llamaba en griego “Hystoria”, que significa “indagación sobre todo”. La preocupación era indagar todos los aspectos importantes de la realidad circundante y tratar de organizarlos en algún tipo de explicación comprensiva.

–¿Y qué pasa con los primeros filósofos, los anteriores a Platón y Aristóteles, de los cuales sólo se conservan algunos fragmentos? Por ejemplo, Heráclito y Parménides, pensadores extraordinariamente importantes para la historia del pensamiento, de los que tenemos muy poco material?.

–Sí... tenemos una parte muy reducida y, además, producto de los filtros por los que ha pasado. En el caso de los así llamados primeros filósofos griegos, los fragmentos nos llegan descontextualizados. Por ejemplo, hay testimonios que constituyen filtros, porque buena parte de los testimonios vienen de autores que refutan herejías: el modo en que impostan las teorías les sirve, en realidad, para llevar agua a su propio molino. De manera que acceder a ese mundo anterior a Platón, de quien hemos recibido una obra prácticamente completa, es una tarea que no debería enseñárseles a los jóvenes al principio, aunque por razones de programación uno termina hablando al principio de Heráclito y de Parménides. Pero es, en realidad, fruto de una reconstrucción muy terrible que requiere conocer muchas cosas y, además (valga la contradicción), tener la certeza de que no tenemos certezas a propósito de qué fue lo que efectivamente sostuvieron.

–De Parménides, por ejemplo, nos llegó una parte del famoso “Poema ontológico” y otra se perdió.

–Bueno, nos llegó una parte bastante considerable del poema, y toda la parte donde habría presentado su explicación del mundo físico, prácticamente no nos llegó. Parménides pasa por ser un metafísico puro, que se separó de sus predecesores cosmólogos, simplemente por la naturaleza de las fuentes. Si hubiéramos perdido esa parte metafísica y se hubiese conservado la cosmológica, Parménides sería probablemente un cosmólogo. Son los azares de la tradición.

–Cuando él le da la forma esférica al Ser, es como si estuviera advirtiendo que se estaba internando en un callejón sin salida. Si todo era tan inmóvil, ¿cómo podía avanzar el conocimiento científico? Meliso, luego, llevó esto a un punto que ya era insoportable.

–Sí, era un callejón realmente sin salida. Hasta que aparecieron los pos-eleáticos. Yo soy una enamorada del atomismo... De todos modos, el pensamiento matemático y lógico de Parménides es algo de lo cual no se puede escapar. Los que lo siguieron no pueden deshacerse de las premisas básicas que tienen que ver con las leyes del pensamiento.

–¿Y qué pasa con el platonismo, que sigue tan vigente entre los matemáticos? ¿Cómo está presente en la ciencia hoy?

–Bueno, sin dudas está vigente. Lo que me parece, y que yo les digo a mis alumnos grandes, es que pensar en un mundo platónico de formas como si fueran cosas que están flotando en un ámbito extraño es un error.

–A ver, cuénteme.

–Platón lo que quería no era refutar la existencia del mundo tal como lo vemos: hay cosas en el mundo que están allí, y si esas cosas son un caballo o una madera todo el mundo estará de acuerdo. Pero en lo que sí puede no haber acuerdo es en las propiedades de esas cosas, y si no hay acuerdo entonces cada cual puede pensar lo que quiere y, peor, hacer lo que quiere. Con lo cual se le vendría encima todo el relativismo propio de la sofística (el gran movimiento filosófico de la Atenas del siglo V). De manera que, si hay que defender la posibilidad de un conocimiento y hay que defender la posibilidad de cierto orden establecido donde haya normas, es preciso conferirles una cierta objetividad a esas propiedades que las cosas comparten. Propiedades como la justicia, la belleza, la piedad, la virtud.

–¿Y los números?

–Bueno eso es toda una cuestión; el asunto de números es otra historia, de la cual Platón, según Aristóteles, se ocupó en sus diálogos no escritos. En consecuencia, Platón lo que sostiene es que más allá de la subjetividad individual o colectiva, hay ciertos patrones objetivos que, dado que existen, permiten conocer y hacen posible la actuación y la convivencia en el mundo. El problema es en qué consiste esa objetividad. Porque, en definitiva, ¿qué es la objetividad? Bueno, digamos que es lo que existe fuera de la mente, lo que existe en un plano que trasciende lo intersubjetivo. Pero decir eso no quiere decir que haya cosas que están y existen...

–¿Pero las ideas de Platón no son cosas?

–¡No! O, por lo menos, no son cosas como las cosas del mundo terrenal. Y allí radica el problema: Platón no logró nunca terminar de definir qué es una idea. No hay definiciones, hay caracterizaciones, aproximaciones. Son sustancias, pero sustancia en griego es algo muy diferente a lo que nosotros entendemos en la traducción. El problema sobre el cual toda la discusión filosófica posterior se desarrolló es el de la naturaleza de esas entidades que tienen objetividad. En qué consiste la justicia, el bien. En un entrecruzamiento de caracteres que se pueden expresar en un enunciado definicional. Ahora bien, ¿qué es ese entramado de caracteres que constituye La Propiedad?

–Todo esto que usted me cuenta... ¿lo entendió Aristóteles? ¿Lo veía así?

–Bueno, tiene que haberlo entendido. Toda la crítica que hace, que es muy fuerte, es producto de las discusiones llevadas a cabo en el interior de la Academia. Aristóteles es un platónico, en el sentido en que forma parte de una tradición que reconoce la existencia de entidades objetivas. Sólo que él no le confiere ese estatus separado del mundo empírico. Platón nunca terminó de aclarar cuál es la relación entre las propiedades que tiene lo sensible y las Propiedades, con mayúscula. La respuesta rápida es que Aristóteles introdujo las formas en la cosa, pero no es tan sencillo. Porque cuando tiene que explicar qué es una especie, ahí todo se complica. Sobre todo porque especie y forma se dice con la misma palabra. Ahí surge todo el problema de hasta qué punto puede ser inmanente la forma de cada individuo si la especie es común.

–¿Y de qué manera transforma Plotino el platonismo?

–La preocupación fundamental del neoplatonismo, que además Plotino retoma y le da una solución matemática, consiste en explicar fundamentalmente cuál es el tipo de relación entre lo sensible y lo inteligible, que en Platón había quedado sin explicar y cuya separación fue criticada por Aristóteles. La novedad fuerte que introduce el neoplatonismo es ver la realidad como un proceso dinámico de producción continua, con lo cual lo superior va produciendo lo que es inmediatamente inferior, que aparece como su imagen, como su hijo, y que no está cortado de lo anterior. Se propone, entonces, una cadena de producción que va desde lo más alto (que es una unidad absoluta) hasta llegar a la materia.

–Acá hay algo de cristianismo, ¿no?

–No... hay coincidencia temporal y hay algunas ideas que coinciden porque estaban en el ambiente. Las escuelas cristianas funcionaban al mismo tiempo que la de Plotino, Alejandría, y además existían ya herejías cristianas. Hay algunas ideas comunes que tienen que ver con esta necesidad de una cadena de producción. La diferencia fuerte es que, a diferencia de la tradición judeocristiana, no existe la idea de un dios personal sino que es una unidad absoluta que produce por emanación de perfección. El principio es que lo perfecto necesariamente tiene que producir, que forma parte de la idea de perfección el producir. Lo que no hay es una idea de creación, idea de la nada, idea de voluntad. Sin ninguna duda, la concepción trinitaria de la realidad aparece en distintos sistemas, también en los gnósticos. En el neoplatonismo ya está claro, a diferencia de Platón, el concepto de materia.

23 de Abril, 2009, 20:31: feyerabendGeneral
Reseña del libro "La muerte de Sócrates. Héroe, villano, charlatán, santo" de Emily Wilson
Cargado de erudición y perspectiva feminista

El Viejo Topo


Editado por Montesinos-Biblioteca Buridán

Barcelona, 2008, 202 páginas.

Traducción de Josep Sarret Grau.

 Varios estudiosos de finales del siglo XX han sostenido que el relato que hace Platón de la muerte de Sócrates no es fiel, es demasiado bueno y bello para ser verdad. La ingestión de cicuta produce babas, hace que sudes profundamente, provoca dolor de estómago y de cabeza, vómitos, aceleración del ritmo cardíaco, convulsiones, sequedad bucal y estremecimientos. El cuadro no se asemeja en absoluto a la descripción de la muerte que hace Platón en el Fedón. La visión platónica, tan alejada de los verdaderos síntomas, tan puesta en escena, sugiere que su versión es netamente ficcional si bien basada en un hecho real. Ergo…

No hay, no debería haber consecuencias precipitadas. Enid Bloch ha puesto en entredicho esa visión más realista, menos ficcional, muy antiplatónica. Bloch -acaso el nombre no sea casual en este caso- ha probado que Platón nos ofrece una descripción fiel de los probables síntomas médicos de Sócrates durante los últimos instantes de su vida: la cicuta venenosa, una de las tres variantes de la cicuta, no afecta al sistema nervioso central, sino sólo al sistema periférico, de ahí que los que la ingieren se vean afectados exactamente en la forma descrita por Platón: su cuerpo se agarrota poco a poco hasta que mueren indoloramente una vez que la parálisis afecta al sistema respiratorio o al corazón.

Esta es una disquisiciones, de las magníficas e informadas disquisiciones, que nos ofrece la autora de La muerte de Sócrates. Emily Wilson, filósofa por el Balliol College de Oxford y doctora en Literatura Inglesa del Renacimiento por el Corpus Christi College de Oxford y doctora igualmente en Literatura Clásica y Comparativa por la Universidad de Yale, responde con La muerte de Sócrates a una pregunta que de formas diversas vuelve a aparecer, una y otra vez, en los estudios culturales y en las historias de la filosofía no estrictamente académicas (aunque también en ellas, por lo demás): ¿por qué hemos de seguir ocupándonos de un hombre, de un filósofo, el padre de la filosofía occidental según la mayoría, que durante su vida hizo poca cosa más que hablar y hablar y que se suicidó -dice Wilson, más bien lo suicidaron- bebiendo cicuta en una cárcel ateniense en –399, hace más de 2.400 años?

La muerte de Sócrates, no es ninguna exageración narrativa, ha ejercido un impacto en la cultura occidental comparable al de la muerte de Jesús. Ese es precisamente el propósito central del ensayo: explicar por qué esa muerte ha sido tan importante, durante tanto tiempo y para tantas personas.

La autora responde a la pregunta con gran erudición, con exquisitez y elegancia poco comunes y, desde una perspectiva, la que se quiere resaltar en esta nota, que es acaso razonable denominar mirada feminista sobre la historia de la filosofía. Las palabras finales que cierran el relato, cuando Wilson describe la aproximación a Sócrates de Dürrenmatt, son claro y neto indicio de ello: “(…) Jantipa nos cuenta que la muerte de su esposo por medio de la cicuta fue simplemente “la consecuencia natural de ser tan buen bebedor”. ‘Sócrates murió como Sócrates’, declara. Jantipa, que tantas veces ha sido excluida de la historia de la muerte de su esposo, es la que tiene finalmente la última palabra” (p. 181). La autora se la otorga.

Como ella misma señala, Wilson hace arqueología de las ideas: muestra de dónde viene nuestra moderna visión de Sócrates como mártir de la libertad y hasta qué punto difiere nuestra visión de otras historias que se han contado sobre él, su vida y su muerte, a lo largo de la historia. ¿Desde qué punto de vista construye su relato? Desde la convicción declarada de que “la presencia de una multiplicidad de voces, incluidas las que disienten, incluidas las voces de los muertos, no pueden sino reforzar intelectualmente nuestra comunidad. Si los tábanos han de ser beneficiosos, tenemos que ser capaces de sentir de verdad el dolor de su picadura“ (p. 14). Apunta también, desde luego, que a veces –vale la pena insistir: a veces- Nietzsche tenía razón cuando echaba las culpas al decadente Sócrates de la posterior decadencia de la civilización occidental. Aún más, todavía vivimos a la sombra de lo que Nietzsche llamaba el ‘racionalismo ingenuo’ socrático.

En cuanto al tema central, la muerte de Sócrates, la posición de la autora es diáfana: “me siento desgarrada entre una enorme admiración y una sensación igualmente abrumadora de rabia” (p. 14) (La sombra de Nietzsche, nuevamente, es alargada: también él tuvo una relación de amor-odio son Sócrates motivada por los sentimientos encontrados que tuvo respecto al valor de la razón humana a lo largo de su vida). Veneración de Wilson por un hombre que fue capaz de decir la verdad al poder, que creyó en una vida dedicada a la búsqueda de esa verdad, pero, al mismo tiempo, también documentadas reservas frente a un hombre que siempre parece estar más allá de sus propias investigaciones, que nunca pone realmente sus propias creencias en entredicho. Por lo demás, Wilson señala, y remarca, que encuentra la vida familiar de Sócrates o la falta de ella particularmente difícil de admirar. “Cuando Sócrates optó por arriesgarse la vida con la práctica de la filosofía, y cuando aceptó acatar la sentencia de muerte, estaba condenando a su mujer y a sus hijos a una vida de pobreza y humillación social. Desde esta perspectiva, su disposición a morir empieza a parecer, no un acto de valentía, sino una irresponsabilidad” (p. 15). Aún más, apunta, Sócrates murió por la verdad pero también por obediencia a su propia deidad religiosa personal. Murió también, pues, por fe, incluso por superstición. E. Wilson desconfía de un autor que creía en un espíritu invisible, su daimonion, que le susurraba palabras al oído y que le permite morir “con esa tranquilidad, con esa ausencia de dolor y, por encima de todo, con esa locuacidad” (p. 15).

Eso sí, en mi opinión, suele ocurrir en la perspectiva filosófica analítica, Wilson trata a veces a Sócrates como un coetáneo, como un coleguilla de su Universidad. Se pregunta por ejemplo si el maestro de Platón fue realmente un buen maestro. Su respuesta: depende cómo consideremos la educación humanística: si se trata de inducir a los estudiantes exclusivamente a examinar sus propias vidas o tenemos obligación de enseñar también cosas concretas como hechos o habilidades. La posición socrática de que él nunca enseñaba nada porque nada sabía que tuviera valor realmente o porque el verdadero conocimiento siempre surge de nuestro interior nos deja algo insatisfechos: “…si un estudiante solicita una información objetiva, no sirve para nada decirle: “¿Y tú qué piensas?”. Me temo que una floja versión del método socrático se ha convertido en algo habitual en muchas aulas universitarias” (p. 16).

La descripción del contenido de esta ensayo nos es ofrecido en las páginas 22-24 de su introducción. He aquí un resumen de la descripción de la autora:

En el primer capítulo se describen las enseñanzas filosóficas de Sócrates. Muestra la autora por qué sus ideas parecían tan peligrosas a sus contemporáneas, al mismo tiempo que sugiere “que los atenienses pueden haber tenido buenas razones para lacar con la vida de este pensador extraño y radical” (p. 22).

En el segundo capítulo, nos adentramos en el contexto social del juicio. Tal elemental como lo siguiente: “Para poder entender bien la muerte de Sócrates, hemos de conocer la historia de su tiempo, a sus amigos, su familia, sus enemigos y sus amantes” (p. 22). Sócrates, recuerda la autora, no sólo fue condenado a muerte por sus ideas sino por las personas con las que se relacionó.

Las fuentes son el tema del tercer capítulo. No tenemos forma de acceder directamente a los hechos. Sabemos lo que sucedió a través de la mirada de sus discípulos, de Platón y Jenofonte principalmente. Es con ellos con los que se inicia la leyenda socrática.

Los cuatro capítulos siguientes dan cuenta de la recepción posterior que tuvo la muerte y cómo ese hecho cultural ha sido relacionado con otros muchos problemas diferentes en diversos momentos de nuestra historia. El siglo XVIII, por ejemplo, es un momento culminante en la historia tal como es narrada en el libro. Fue ése un período de un interés particularmente intenso en la muerte de Sócrates. “La muerte de Sócrates se convirtió en una imagen representativa de la vida de la mente compartida, y proporcionó un locus para los debates acerca del poder y las limitaciones de la razón” (p. 23).

Después de la Ilustración, es el último capítulo del ensayo, se produjo una mutación radical en la percepción de la muerte de Sócrates: de representar los placeres de la amistad intelectual paso a representar la soledad del intelectual que se opone al conformismo social. Durante el siglo XX, sostiene la autora sin excesivos matices y en tesis muy discutible, “el enfrentamiento de Sócrates con sus jueces fue visto a través de las lentes del totalitarismo moderno” (p. 24). Otras lecturas son posibles, otras lecturas han sido realizadas. Seguramente la autora haya tenido en su juicio una excesiva consideración de la influencia y legado del ensayo de I. F. Stone, El juicio de Sócrates, un libro de 1988 que inspiró, cuatro años más tarde, una obra para televisión del mismo título del dramaturgo Peter Barnes.

La inclusión de reproducciones no es accesoria en el volumen y los comentarios de la autora sobre ellas, parte sustantiva del relato, no mero adorno, no son sólo prueba de su erudición y conocimientos sino de su destacada sensibilidad artística.

Señala la autora que como maestra, académica, aspirante a intelectual y a vivir una vida plena, está interesada en saber si puede tomar a Sócrates como referente, como modelo. ¿Debemos anteponer la búsqueda de la verdad a todo lo demás: la familia, el bienestar material, las finalidades de nuestra comunidad, por ejemplo? La pregunta sigue teniendo vigencia para todos y las respuestas no tienen por qué elegir entre los términos extremos de una disyunción sin duda conciliable. Conciliable incluso, si no ando errado, desde una perspectiva feminista.

6 de Abril, 2009, 0:06: feyerabendGeneral
CAFÉ FILOSÓFICO 2009
Platón, Aristóteles. El mundo helenístico.
Abril 4 y 18, a las 19hs
Coordina: Carlos Liendro
blogs (donde se puede consultar material bibliográfico)
Centro Cultural Universidad Nacional de General Sarmiento
Roca y Muñoz- San Miguel
tel: 4451- 7924/25
mas información: pulsacion21@yahoo.com.ar  
4 de Abril, 2009, 12:56: feyerabendGeneral
Biografía [editar]
Abaelard und seine Schülerin Heloisa es un cuadro del pintor Edmund Blair Leighton del año 1882).

Gran parte de su vida es conocida gracias a su autobiografía, Historia de mis calamidades un escrito a modo de consolatoria como si lo escribiese a un amigo desafortunado. Aunque en ella se da una visión victimista por parte de su autor, nos sirve para hacernos una idea de la interesante y polémica vida de este peculiar genio.

Primeros estudios e inicio de la docencia [editar]

Nació en la villa fortificada de Le Pallet, (Bretaña, cerca de Nantes) en 1079. Su padre Berenger era hombre rico y le dio una educación esmerada. Abelardo se apasionó desde sus primeros años por el estudio; renunció a la carrera militar y estudió lógica y dialéctica. Imbuido por un espíritu combativo se dedicó a viajar por diversas provincias para disputar dialécticamente con aquellos que practicaban ese arte. Aunque no se menciona en la Historia Calamitatum, estudió Artes en Loches (al sur de Tours) entre los años 1095 y 1097, con Roscelino, considerado el padre del nominalismo. Aunque lo acusó de triteísta, éste le influenció de forma marcada en su juventud.

A los veinte años Abelardo se trasladó a París, cuya escuela episcopal era, a la sazón, la más famosa y la más concurrida; su jefe o cabeza era el archidiácono Guillermo de Champeaux. Teniendo a Guillermo como profesor estudió en París primeramente retórica, gramática y dialéctica, las disciplinas del trivium preparatorio de la formación de la época durante los años 1098 y 1100; posteriormente estudió aritmética, geometría, astronomía y música, que componían el quadrivium de estudios más avanzados en el año 1108, también con Guillermo, con lo que obtuvo el título de Magister in Artibus.

Abelardo se inicia hacia 1112 en la docencia en Melún, Corbeil, y más tarde en la colina de Sainte-Geneviève, cerca de París (ciudad donde Guillermo enseña y donde fundará la escuela en la ermita de Saint-Victor. Ridiculiza a Guillermo en público por su realismo ingenuo, robándole así a sus alumnos. Guillermo abandonaría la enseñanza para refugiarse en Saint-Victor. Entre 1112 y 1113 se traslada a Laon, ciudad situada al noreste de París. Al igual que hizo con Guillermo, ridiculiza y rebate a su profesor de teología, Anselmo de Laon, ganándose su enemistad. En su autobiografía, como en el caso anterior, culpa a la envidia, los celos, etc. de sus problemas con éste.

En el 1114 regresa a París y triunfa en la escuela catedralicia de Notre-Dame como maestro laico. Motivo que puso nervioso a más de uno, por lo que se aprovecharía su relación con Eloísa para echarlo. Su escuela fue tan famosa, que, según dice Guizot, se educaron en ella un papa (Celestino II), diecinueve cardenales, más de cincuenta obispos y arzobispos franceses, ingleses y alemanes, y un número mucho mayor de controversistas, entre ellos Arnaldo de Brescia.

Abelardo y Eloísa son sorprendidos por Fulberto. Pintura titulada Les Amours d'Héloïse et d'Abeilard, del artista Jean Vignaud (1819).

Relación con Eloísa [editar]

Además de la práctica de la enseñanza, Abelardo se dedicó a la música, componiendo en lenguaje sencillo y usando lengua romance canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera a los estudiantes. De esta época data su relación con Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París, a quien conoció alrededor de 1115; éste confía la educación de Eloísa a Abelardo, pero éstos se enamoran y durante un tiempo mantienen su relación en secreto, durante los años 1117-19. El escándalo explota al saberse que Eloísa espera un hijo, que sería llamado Astrolabio.

Abelardo secuestra a Eloísa y la lleva a casa de su hermana en Le Pallet. Fulberto exige el matrimonio (no sin la reticencia de Eloísa), que acaba celebrándose en secreto. Fulberto, en supuesto honor de ella, difunde la noticia. Abelardo, molesto por haberse difundido la noticia envía a Eloísa al monasterio de Argenteuil. Fulberto, sintiéndose engañado, sobornó a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, entre todos le castraron y después huyeron. El criado y otro de los agresores fueron presos y castigados con igual mutilación y además con la pérdida de los ojos, en tanto que el canónigo Fulberto fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes. Abelardo, humillado, se esconde durante un tiempo en Saint-Denis como monje, y manda a Eloísa hacerse monja en Argenteuil.

Retorno a la enseñanza y el concilio de Soissons [editar]

En el año 1120, recuperado del trauma, marcha hacia Provins donde vuelve a la enseñanza y a reunir numerosos discípulos. Protagoniza la polémica con Roscelino, plasmada en el De unitate et trinitate divina.

Entre 1121 y 1122, su obra y él mismo son denunciadas, promovidos por Alberico y Lotulfo, alumnos de los ya fallecidos Guillermo y Anselmo de Laon. Se le invita al Concilio de Soissons, donde le dicen que debe acudir para dar explicaciones, pero al llegar se da cuenta de que le habían tendido una trampa. Sus enemigos ya han convencido al pueblo y a los jueces de que Abelardo es un hereje, y cuando se presenta ante los jueces no le dejan hablar, tan solo escucha su veredicto sin posibilidad de defenderse. Es obligado él mismo a quemar su obra y se le prohíbe la enseñanza.

Después de una corta estancia en el monasterio de Saint-Médard, en 1123 vuelve a Saint-Denis donde en un principio le acogen con simpatía. Pero pronto vuelve a ganarse enemigos al negar el origen apostólico de (Dionisio Areopagita), argumentando que, según los textos, durante la época en la que se fundó la abadía, Dionisio no podía estar en aquel lugar. Así provocó un nuevo escándalo y es obligado a retirarse a la soledad, cerca de Nogent-sur-Seine, en Troyes, donde funda la escuela del Parácleto.

El "Paracleto" [editar]

De nuevo durante este periodo comprendido entre los años 1123-25, reúne multitudes que acuden a su escuela, dado que la fama de Abelardo a pesar de las acusaciones es, más que nunca, consagrada. Provoca nuevas polémicas, sobre todo con Bernardo de Claraval y con la orden de los premonstratenses. Figuras principales en la crítica serían san Norberto, fundador en 1120 de la orden de canónigos regulares, y Bernardo de Claraval, abad de Clairvaux, punto poco distante del Parácleto. Este último, que había fundado pocos años antes el convento de Clairvaux, de extremo rigor y severidad, lideraba una corriente de fuerte crítica a la influencia helénica y arábiga sobre la teología cristiana. La vehemente crítica de la metodología y enseñanzas de Abelardo que realizara Bernardo de Claraval indujo a éste a temer, no injustificadamente, una nueva acusación de herejía.

En el año 1128, en uno de sus viajes, pasa por el monasterio de Saint-Gildas de Rhuys (Morbihan), donde es nombrado por los monjes abad; pese a lo cual dejará en su autobiografía un retrato fatal de ellos. Un año más tarde, ofrece el Parácleto para que se establezca un monasterio para Eloísa, la trae y la nombra abadesa.

En el 1132 deja Saint-Gildas, durante esta época debió elaborar su Historia calamitatum. Juan de Salisbury (1110-80), dicípulo suyo en Sainte-Geneviève, constata (entre los años 36-39 aproximadamente) que Abelardo se encuentra de nuevo en polémicas, esta vez con la secta de los cornificienses, y que es conocido como el máximo maestro en lógica de su tiempo. Durante esta época redacta la Ética (Scito te ipsum) que dejara inacabada.

Imagen de la tumba de Abelardo y Eloísa.
Ne iuxta Boetianum. Apología contra Bernardum.

Nuevas acusaciones: El concilio de Sens [editar]

En 1139, Guillermo de Saint-Thierry (1085-1148), abad de Cluny, recoge 19 proposiciones de Abelardo supuestamente heréticas. Bernardo de Claraval las remite a Roma (con tratado acusatorio) para que sean condenadas y visita a Abelardo para que se retracte. Abelardo pide una discusión pública en un sínodo.

Pero en 1140 el sínodo de Sens fragua una nueva trampa, pues exige a Abelardo retractarse sin más discusión. Abelardo recurre al Papa y marcha hacia Roma. De camino, hacia 1141, se entera de que el Papa ha firmado la propuesta de Sens y que le condena por hereje a perpetuo silencio como docente. Durante este año redacta una Apología o Confesiones de fe, una especie de retractación, elabora el Diálogo entre un filósofo, un judío y un cristiano (inacabado) y termina la última versión del Sic et non.

En 1142, retirado en el monasterio de Saint-Marcel, en Chalon-sur-Saône, muere. Su cuerpo fue llevado al Parácleto y Eloísa, fallecida 22 años más tarde, fue enterrada junto a él. Desde 1817 los dos cuerpos descansan juntos en una misma tumba, en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Abelardo: filósofo [editar]

Me dispuse a explicar los fundamentos de nuestra fe mediante similitudes basadas en la razón humana. Mis alumnos me pedían razones humanas y filosóficas y me reclamaban aquello que pudiesen entender y no aquello sobre lo que pudiesen discernir. Decían que no servía de nada pronunciar muchas palabras, si no se hacía con inteligencia; que no se podía creer nada que previamente no se hubiese entendido; y que es ridículo que alguien predique nada que ni él ni sus alumnos puedan abarcar con el intelecto. Como -arguye el mismo Señor- serían ciegos conduciendo a ciegos. (Pedro Abelardo, Historia Calamitatum).


La época de Abelardo es una época de cambios y transformaciones. Abelardo es fruto de la ambivalencia de las dos mentalidades que se cruzan en esta época, por eso no es de extrañar que alguien de su talla intelectual, poseído de un espíritu combativo y representante de nuevas ideas y sensibilidades, entrara en confrontación con los representantes de las viejas ideas. Así, la vida de Abelardo fue una constante confrontación y polémica con su entorno, por lo que no es aventurarse afirmar que era un personaje muy avanzado para su época.

Abelardo se inició con la dialéctica y pronto comprendió que era preciso buscar "los fundamentos de la fe con similitudes basadas en la razón humana". Así, su impulso principal fue a través de la lógica y el lenguaje, basado en el análisis de los contenidos racionales subyacentes en las expresiones lingüísticas, filosóficas y teológicas. La influencia de la questio le haría elaborar un método similar, un modo de dialéctica donde se parte del tema a tratar y a la vez se duda de él para desarrollar el estudio, como él mismo dice, “mediante la duda arrancamos la búsqueda y mediante la búsqueda llegamos a la verdad”. De hecho su propia metodología, el arte de las disputas y originalidad de pensamiento, lo convirtió en el profesor de universidad más conocido de su época, a quien acudían siempre numerosos alumnos de diversas partes del mundo para escucharlo. Tal fue su influjo filosófico que se podría afirmar que dio un enorme impulso a la filosofía no tan lejano al de Descartes, por eso no es de extrañar que a los alumnos de su época se les llamara “filósofos puros”.

Su método es a la vez causa y consecuencia de su epistemología. El “conceptualismo”, influido por el nominalismo de Roscelino, supone una crítica frontal al realismo ingenuo de la visión agustiniano-neoplatónica. Abelardo considera el lenguaje como un mundo interdependiente del sujeto y de la realidad externa, algo completamente original para su época, es un pequeño giro lingüístico dentro de su época. Frente al problema de los universales el realismo imperante, sea ingenuo o crítico, establecía que existía, como entidad, el nominalismo que sólo existe en la mente. Para Abelardo los universales son categorías lógico-lingüísticas que relacionan el mundo mental con el físico.

Su aportación en ética es también sumamente original, ya que se encontraba frente a una tarea que no tenía precedentes. Con su peculiar libro, Abelardo pretendía por un lado terminar con el moralismo preceptivo de la moral penitencial y por otro superar el pesimismo agustiniano. Fiel a su método, parte de un análisis de los conceptos como “pecado” o “virtud” para redefinir así la ética. Es sin duda una obra que rompe con la tradición cristiana, que no hacía más que recopilar y repetir textos. Ocho sentencias totalmente descontextualizadas, serían condenadas en Sens a instancia de Bernardo de Claraval.


Obras [editar]

Aparte de la peculiar Historia de mis calamidades, la producción de Abelardo se extiende sobre los campos de la lógica y teoría del conocimiento, teología, ética y apologética.

Dialéctica, tratado completo de lógica para los hijos de su hermano Dagoberto (1141), se ha perdido la introducción.

  • Teología: De unitate et trinitate divina o Theologia summi boni, opúsculo condenado en Soissons (1121). Theologia christiana. Introductio ad theologiam, una "summa", sólo se conserva el primer tercio y algunas sentencias que fueron condenadas en Sens (1141). Sic et non, textos contradictorios sobre ciento cincuenta y ocho cuestones: Son discusiones sobre afirmaciones y negaciones de la misma cosa, un método dialéctico, anticipación a la quaestio escolástica.
  • Ética y Apologética: Scito te ipsum (Ethica). Fueron condenadas diversas sentencias en Sens (1141). Diálogo entre un filósofo,[2] un cristiano y un judío.

En castellano se encuentran editadas las siguientes obras: Conócete a ti mismo, o Ética, Colección Clásicos del Pensamiento 77, ed. Tecnos (1991), Madrid; Col.Grandes Obras del Pensamiento 40, ed. Altaya (1994), Madrid; Ética, Col. Biblioteca de Iniciación Filosófica 116, ed. Aguilar (1970), Madrid; Cartas de Abelardo y Eloísa-Historia Calamitatum, Olañeta, Palma de Mallorca (1982); más asequible en Libro de Bolsillo, Alianza Editorial (1983); Diálogo entre un filósofo, un judío y un cristiano, Yalde, Zaragoza (1988); existe una edición bilingüe (latín/castellano) en ed. Losada, Biblioteca de Obras 30 (2003).

Música [editar]

Abelardo también fue un importante compositor y poeta. Compuso canciones de amor para Eloísa, las cuales no han sobrevivido. Posteriormente compuso aproximadamente cien himnos para el Monasterio de Argenteuil, lugar donde se había retirado Eloísa. Asimismo, compuso seis planctus (lamentos) bíblicos, muy originales y que influyeron en el posterior nacimiento del lay, un tipo de canción que floreció en el norte de Europa durante los siglos XIII y XIV.

La Goliardía moderna [editar]

Al sobrenombre de Pedro Golía Abelardo se debe el término Goliardía. Este término es adoptado por los estudiantes universitarios boloñeses a finales del siglo XIX, cuando se funda el movimiento impulsado por Giosuè Carducci, entonces profesor de la Facultad de Letras local, quien asistió en Alemania a manifestaciones estudiantiles similares a lo que después se convertiría en el modus operandi de los Goliardas.

Notas [editar]

  1. Se conocía por logica vetus (lógica vieja) la parte del corpus aristotélico conocido primeramente, en oposición a los escritos lógicos de Aristóteles conocidos más tarde (logica nova).
  2. En este libro bajo "filósofo" se designa a un musulmán y a la vez el pensamiento estoico-ciceroniano. La analogía filósofo-musulmán era muy usada en la época, se tenía por filósofos a los grandes pensadores como Avicena o Averroes; a menudo de forma peyorativa, para remarcar el supuesto carácter secular de los musulmanes y de la filosofía
4 de Abril, 2009, 12:52: feyerabendGeneral

Anicio Manlio Torcuato Severino BOECIO


Nació en Roma entre los años 470 y 480, en el seno de una antigua familia (los Anicios) de la que provenían dos emperadores y un papa. Estudió en Atenas y fue filósofo, teólogo y hombre de Estado, ocupando el cargo de cónsul y, luego, de ministro principal junto al rey ostrogodo Teodorico I, por entonces también señor de Roma. Pero su suerte cambió cuando lo acusaron infundadamente de conspirar contra el rey. Boecio fue encarcelado, sus bienes fueron confiscados y, luego de un año, fue decapitado (524).

Durante los meses que pasó en prisión, Boecio escribió la que sería su obra más famosa, De Consolatione Philosophiae, una de las obras más leídas durante la Edad Media. En ella Boecio dialogaba con la Filosofía, personificada en una mujer, abordando temas tales como el bien y el mal, el destino, el sentido, del conocimiento que Dios tiene de nuestros actos y la libertad humana.

Su proyecto era traducir al latín las obras de Platón y Aristóteles, demostrando a su vez que ambos coincidían en lo esencial. Sin embargo, sólo conocemos su traducción de las Categorías y del Peri hermeneias de Aristóteles y de la Isagoge de Porfirio. A él pertenecen también varios escritos de Lógica, Música, Aritmética y Teología. Gilson afirma que Boecio fue, en base a sus traducciones, comentarios y escritos, “el profesor de Lógica de la Edad Media hasta el momento en que, en el siglo XIII, fue traducido al latín y comentado directamente el Organon completo de Aristóteles”. Puede afirmarse también que él fue el medio por el que llegaron a Occidente, antes del siglo XIII, una serie de conceptos de la lógica y la metafísica aristotélicas (acto, potencia, accidente, universal, substancia, especie, etc.). De todos modos, esto no debe llevarnos a ver en Boecio a un "aristotélico puro". Por el contrario, la influencia platónica y estoica en su pensamiento es evidente. Incluso su obra principal, De Consolatione Philosophiae, tiene grandes similitudes con el Timeo de Platón. Además recoge y transmite conceptos estoicos, como los de "Naturaleza", "ley natural" y "realidad" entendida como corporalidad; y temas estoicos, como los del destino y la providencia divina. En su obra principal realiza la distinción, que luego sería central para la escolástica, entre id quod est (todo el ente) y quo est o esse (aquello que hace que el ente sea).

Superando la herencia platónica, aristotélica y estoica, y siguiendo en ello a Agustín, entiende que Dios es un ser personal. Y afirma que Dios es el mismo ser (ipsum esse) y que todo lo demás es fundado y recibe el ser de Él. Dios es forma absoluta, forma sin materia. De todos modos estas palabras no deben llevarnos a pensar que se encuentra ya en él la distinción tomista entre esencia y existencia (esse). Para Boecio el esse o la forma es la esencia universal. Al respecto dice Hirschberger que “la forma boeciana es al mismo tiempo esencia y existencia, aunque necesitada de un sujeto, la materia, para realizar (en concreto) su ser, para ser este ser”.

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